Publicado el viernes 13 de julio de 2018 en El Deber

En una de mis clases de inglés en la U había una unidad sobre la gente de diversos países. Recuerdo una frase que intentaba caracterizar —burda generalización—, el rostro taciturno y poco sonriente de los rusos: “Russians are boorish”. Mi docente —paradójicamente, rusa—, nos explicaba que una gran peculiaridad de su cultura es el uso que se hace de la sonrisa. El hecho de que sonrían poco, nada tiene que ver con algo sombrío, es un comportamiento no verbal diferente al occidental. Esa sonrisa cortés permanente —propia de la atención al cliente—, para los rusos es un rasgo negativo, falto de sinceridad. La sonrisa en la comunicación rusa no es una muestra de educación. No se sonríe a los extraños.

Enterrado ese primer prejuicio, mi experiencia de convivir casi un mes en Rusia, ha sido todo un descubrimiento y exploración de un mundo que desconocía por completo, o que estaba contaminado por la “mala prensa” que los medios tradicionales hacen sobre un país al que un líder occidental —con la mayor arrogancia e ignorancia—, llamó “el imperio del mal”.

Meses antes de la Copa Mundial de Fútbol, hubo un intento de boicotear el certamen, denegando la invitación al acto inaugural, como protesta por el silencio y la poca claridad de Moscú ante el envenenamiento del exespía Skripal. En los hechos, salvo un par de líderes aliados, hubo poca presencia de delegaciones oficiales y de aficionados de países europeos. Al contrario de los sudamericanos —miles en las calles y abarrotando estadios—, aunque sus equipos no llegaron a instancias finales.

Viajar bajo la guía de mi hijo —experimentado y empedernido viajero—, fue también una forma diferente de conocer un país de más de una decena de husos horarios. Él busca siempre convivir con la cultura que visita y se sale de la comodidad y seguridad de los circuitos turísticos. Gracias a esas arriesgadas apuestas, quien hacía de recepcionista, camarera y botones de un pequeño hotel, nos invitó a desayunar “borscht” —tradicional sopa roja de remolacha, para combatir temperaturas extremas—, que recalentó a las 4 de la madrugada y nos acompañó hasta embarcarnos en un taxi, que seguro era de algún vecino suyo. Como despedida, su esposo sirvió unas copas de vodka, y con una sonrisa franca pronunció: ¡vashe zdorovie!.

Se siente en el ruso promedio esa ingenuidad y simplicidad campechana, tan opuesta a sus mujeres —coquetas, con vestidos y accesorios llamativos, bien producidas, finas y distinguidas— que contrastan con la panza, desfachatez y rostro colorado de sus parejas, unos Putines desmejorados.

Salvo en las grandes ciudades (Moscú y San Petersburgo) y alrededor de zonas turísticas se habla algo de inglés. En el resto de destinos (Kazán, Rostov del Don, Nishni Novgorod y Sochi) la barrera del idioma la tuvimos que combatir con paciencia y sonrisas —literalmente— “cortezes”. Siempre hubo buena predisposición de la gente común de orientar y guiar nuestras curiosidades y preguntas sobre el indescifrable alfabeto cirílico. Solo como muestra de extrema hospitalidad: al medio tiempo del partido con Croacia, que eliminaba al anfitrión, mi hijo —con la camiseta cuadriculada del visitante—, fue invitado a romper la larga fila del baño y avanzar primero.

Esto acaba con eso de que los “rusos son groseros y aburridos”: en los urinarios de uno de los baños públicos colocaron, sobre una base verde —semejante al pasto—, unos arcos plásticos con la bola del detergente al medio esperando que la puntería del goleador convierta el penal.

El que sí hizo un golazo fue Putin, porque contra todo pronóstico, puso en vitrina a su país —que no es la potencia que él cree—, pero tampoco un imperio de “secos” y malvados.

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