Publicado en El Deber el 17 de marzo de 2017

En nuestro país hemos desarrollado toda una perversa experticia para encarar demandas sociales. Desde la tradicional “huelga general indefinida hasta las últimas consecuencias” (que ya no está tan de moda), pasando por la “huelga de brazos caídos” (que si no tiene patente nacional, debería tenerla), hasta el “bloqueo nacional de caminos”, que ha pasado de tener ese carácter general, a convertirse en la primera medida de cualquier reunión de vecinos que, con un par de piedras, cierran una calle, avenida o puente. En algunas ciudades, por su especial topografía, la inventiva de los bloqueadores los lleva a tender un cerco alrededor de sus cuatro puntos cardinales. Los más aviesos, y con tendencias pirómanas, destruyen la plataforma de las carreteras incendiando llantas de goma sobre el asfalto.

Comités de padres, juntas vecinales, sindicatos, federaciones y cualquier organización social que se precie de tal, se cree con el derecho de impedir el libre tránsito de otros seres humanos para obtener respuestas a demandas tan domésticas como el cierre de bares, cantinas o prostíbulos de un barrio; o exigencias más generales, como la de dotación de tierras para proyectos de desarrollo; o aún reivindicaciones más complejas, como la delimitación territorial interdepartamental o municipal. No importa el tamaño o cualidad de la demanda, el demencial bloqueo parece ser la primera y única opción.

Viajar por carretera en Bolivia es el equivalente al turismo aventura que se desarrolla en el bosque húmedo tropical de África Central. Los elefantes, gorilas, cocodrilos, pitones y todo tipo de infames reptiles e insectos que podrían cerrar el paso de un intrépido aventurero, tienen aquí su equivalente en rocas apiladas en el camino, neumáticos ardiendo y levantando negras humaredas, y palos dispuestos a linchar a cualquier atrevido que intente romper las arbitrarias barricadas.

El perjuicio económico que ocasiona la interrupción de las vías camineras es muy difícil de cuantificar. Cualquier intento de convertir al país en un espacio integrador del continente a través de corredores bioceánicos -dada su privilegiada ubicación geográfica-, es una pobre quimera si la cultura del bloqueo sigue prevaleciendo.

Empleando el lenguaje de los bloqueadores propondría: “por un cuarto intermedio, usemos la razón. Negociemos un acuerdo nacional para levantar el bloqueo mental que hace que nos pongamos zancadillas nosotros mismos. Desterremos de por vida la absurda medida de bloquear nuestro propio progreso. Huelga general e indefinida de bloqueos para mejores consecuencias”.

 

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