Han pasado 40 años, pero mi memoria selectiva evoca ese verano de 1977 como si fuera ayer. En mi condición de improvisado botones del hotel, corrí presuroso, todo el ancho lobby, para abrir la puerta a los jugadores de fútbol de la selección boliviana que comenzaban su preparación, rumbo a las eliminatorias del mundial Argentina 78. Era un martes 25 de enero. Me acuerdo la fecha exacta, porque estuvo anotada en un ajado papel amarillo, junto a las firmas de casi todos los futbolistas que se registraron aquel día. Ese marchito papel, se perdió junto a la inocencia de un espigado niño de 12 años, que emocionado, ayudaba a cargar las maletas de sus ídolos deportivos.

Como casi en todas nuestras vacaciones, mi padre —dueño del hotel— hacía que mis hermanos y yo, trabajáramos en algún puesto, en el que no se necesitara mucha preparación, y cultiváramos lo que él llamaba “la ética del trabajo”.

Para estos deportistas el trabajo comenzó al día siguiente en la cancha principal del colegio La Salle de Santa Cruz de la Sierra, donde todavía no se habían iniciado las clases. Aprovechando un descuido de mis jefes, caminé el par de cuadras desde el hotel hasta el campo deportivo, para asistir al primer día de entrenamiento de una selección que más tarde haría historia, porque llegó a tocar el cielo con sus éxitos y terminó ardiendo en el infierno por sus fracasos.

Esa primera práctica fue apenas de juegos recreativos y charlas técnicas. Yo era muy chico para darme cuenta de cuestiones tácticas o sistemas de adiestramiento, lo que sí sabía era que el campeonato nacional de 1976 lo había ganado Bolívar y el subcampeón era Oriente Petrolero. La base de jugadores del equipo provenía de estos dos clubes.

Esta corta etapa de concentración, tendría una primera prueba contra el campeón de la Libertadores, el brasileño Cruzeiro. En este club jugaba Jairzinho, uno de los héroes del Mundial México 70, cuando Brasil conquistó definitivamente la Copa Jules Rimet, al consagrarse tricampeón del mundo. No recuerdo si fui al estadio Willy Bendeck —así se llamaba el actual “Tahuichi” Aguilera—, pero mi revisión hemerográfica dice que el partido terminó empatado 1 a 1, gracias a “un vigoroso remate de Romero”. En la revancha en La Paz, perdimos 3 a 2.

Lo que sí recuerdo, y las fotografías así lo reflejan, es que la moda de los años 70 imponía el pelo largo. Incluso para los jugadores de color de cabellos crespos, el afro era su sello distintivo. Además, la moda de los shortsera muy corta y apretada, contraria a los pantalones de vestir, ajustados en la zona de la cintura, pero largos y acampanados en los botapies.

Las eliminatorias al mundial otorgaban 2 plazas y media para los equipos sudamericanos, además de la del país anfitrión. Las 9 selecciones que estaban en carrera hicieron 3 grupos de 3 equipos cada uno. En el grupo 1 estaban: Brasil, Paraguay y Colombia. En el 2: Uruguay, Venezuela y Bolivia. Y en el 3: Perú, Chile y Ecuador. Los primeros de cada grupo clasificaban a una segunda etapa —denominada liguilla—, que debía realizarse en escenario neutral. El primero y el segundo entraban directo al Mundial; y el tercero, debía jugar partidos de ida y vuelta con el ganador del grupo 9 de Europa (Unión Soviética, Hungría y Grecia), lo que en la jerga deportiva se conoce como un “repechaje” intercontinental. En la XI Copa Mundial de Fútbol Argentina 78, en la fase final solo participaban 16 países, la mitad de los que competirán en Rusia 2018.

El seleccionado nacional estaba dirigido por la mítica figura del equipo que salió campeón sudamericano el 63, Wilfredo Camacho, y tenía como ayudante de campo y complemento perfecto para la asistencia técnica, a Ramiro Blacut. Según varios de los jugadores entrevistados, el uno era la cara visible y vocero con la prensa; mientras, el otro, era el “cerebrito” de las estrategias técnico-tácticas. Completaban el cuerpo técnico: Isaac Álvarez, preparador físico; Jorge Callisperis y Félix Romano, médicos; Ricardo Córdova, psicólogo; Luís Gadea, kinesiólogo; y Óscar “Ratón” Rodríguez, utilero.

El equipo —con un promedio de edad muy bajo—, y parado en cancha usando el tradicional 4-3-3, estaba conformado por: arquero y capitán, Carlos Conrado Jiménez (29); lateral derecho, Jorge Campos (22); Jimmy Lima (28) y Jaime Rimassa (29), centrales; lateral izquierdo, Pablo Baldivieso (28); mediocampo, Eduardo Ángulo (24), Carlos Aragonés (21) y Ovidio Messa (25); puntero derecho, Arturo Saucedo Landa (23); centro delantero, Porfirio “Tamayá” Jiménez (24); y puntero izquierdo, Miguel Aguilar (24). Alternaban: Ismael Peinado (23), Erwin “Chichi” Romero (20), Raúl Alberto “Calichín” Morales (26), Jesús Reynaldo (23), Edgar “Pacho” Góngora (21) y Windsor del Llano (28).

Este equipo hizo la mejor campaña de un representativo nacional en la primera fase de una eliminatoria mundialista, ganándola invicto, con tres victorias y un empate. Y luego, paradójicamente, tuvo la peor actuación en las 2 fases posteriores, que fueron nefastas y provocaron un remezón en las estructuras organizativas de la Federación Boliviana de Fútbol (FBF).

Después de los partidos con Cruzeiro, la selección comenzó su etapa de aclimatación en la sede de gobierno, donde se jugaron los partidos oficiales de la eliminatoria. Nunca me imaginé que esas figuras volverían, unos meses más adelante, a concentrarse en el hotel, que también era mi casa. Mi empleo temporal acabó al iniciarse las clases. El primer día supimos que ese año no sería como todos los otros, íbamos a tener un calendario escolar más corto. El presidente, Gral. Hugo Banzer, dispuso que 1977 sea declarado “Año del Deporte”, por la realización de los VIII Juegos Deportivos Bolivarianos, y las clases debían terminar antes del 3 de octubre, inicio del evento. Fue un feliz primer día de clases para nosotros, los “sufridos” estudiantes y también para nuestros maestros.

Paralelamente a cursar el 2do. Intermedio, acompañé los 5 partidos de preparación del seleccionado, a través de la prensa escrita —el deportivo del diario paceño Hoy, era de lejos el mejor—, y las imperdibles transmisiones radiales de Sucesos del Deportecon Bernardo Silva Serrano en radio Grigotá.

La ausencia de Messa —lesionado— en los partidos preparatorios, permitió que el creador nato y talentoso, Erwin Romero —con apenas 20 años, el más joven del plantel— tenga la oportunidad de mostrar su increíble control del balón, su rapidez para burlar al rival con un regate y pueda debutar internacionalmente en esta eliminatoria. Muchos consideran que este camireño es quizás el mejor jugador boliviano de la historia.

El estilo “camachista” de fuerza y garra, que nos había caracterizado en 1963, tuvo un notable cambio gracias al talento de las jóvenes figuras del medio campo. “La verde” comenzó a practicar un fútbol de mayor dominio de balón, de mucho toque y aprovechando la velocidad de sus delanteros para recibir pases en profundidad y vulnerar las defensas contrarias. Nuestras fortalezas estaban concentradas, del medio campo para adelante: la explosividad y habilidad de Messa o Romero; la capacidad de gestación y proyección de Aragonés; la velocidad y talento de nuestros punteros —Morales o Saucedo, por derecha—, junto al letal remate de Aguilar, por izquierda; además del olfato goleador de “Tamayá”, por el centro.

Alguna vez, el exseleccionador argentino —campeón mundial 1978—, César Luís Menotti, dijo: “las pequeñas sociedades crean grandes equipos”. Cuando en un plantel se tiene dos o tres jugadores que se entienden de memoria, juegan casi con los ojos cerrados, adivinan sus movimientos, y por lo tanto, hay mayores posibilidades de convertirse en un gran conjunto. Algo de eso tenía este onceno. La calidad de toque y visión de campo de Aragonés, combinaba con la rapidez de Morales, por derecha; los pases en profundidad —sin mirar— de Messa, para el pique y remate de Aguilar por izquierda; las triangulaciones que generaban las duplas Aragonés-Romero o Aragonés-Messa, del centro del campo hacia adelante; y los balones lanzados al vacío —por cualquiera de ellos—, para el remate de “Tamayá”, de cara al arco.

Otra gran diferencia que tuvo este elenco con relación a sus predecesores, es que todos los jugadores convocados eran bolivianos de nacimiento. Incluso en el 63, y también más adelante en el 93 —dos hitos del balompié nacional— hubo nacionalizados. Los torneos regionalizados de la época, eran poco atractivos y estaban plagados de extranjeros. Existía un tope de 4 jugadores foráneos en cancha. Sin embargo, los clubes apelaban al consabido recurso de las nacionalizaciones, y tenían hasta 9 extranjeros. El nivel de fútbol de esos campeonatos se asemejaban a certámenes de barrio. Existía una desproporción notable entre algunos clubes —profesionales— frente a otros, que no lo eran. Se llegó al extremo de alcanzar la cifra de 56 equipos participando del campeonato nacional. El nivel de fútbol de un seleccionado es el reflejo del nivel técnico de su torneo local. Por lo tanto, lo que hizo esta selección nativa —en la primera fase—, fue una campaña sin precedentes.

 

Graderías hasta el cielo

El partido inaugural se llevó a cabo en Caracas. El deporte nacional en Venezuela es el béisbol. El fútbol venezolano, de esos tiempos, era casi amateur. Su equipo entrenó apenas 20 días. Todo hacía suponer que Uruguay, con su máxima estrella —Fernando Morena—, iba a ganar sin mayores dificultades. Morena, del Peñarol, tenía un record asombroso: fue goleador del campeonato uruguayo por 6 años consecutivos; además, máximo artillero de la Libertadores en el 74 y 75. Lo único que se sabía del seleccionado venezolano era que habían contratado como director técnico al griego Yiannis “Dan” Georgiadis. Un controvertido y parlanchín personaje, al que apodaban “el brujo”, que había dirigido en Bolivia en los 60. Al parecer, algo de la brujería de Georgiadis funcionó. Venezuela y Uruguay, contra todo pronóstico, empataron a un gol por lado.

En la siguiente fecha, Bolivia recibiría la visita de Uruguay. Recuerdo que, junto a un compañero de curso, buscamos las estadísticas en una enciclopedia de fútbol. La diferencia era abismal. Nos habíamos enfrentado 12 veces desde 1926. Uruguay nos había ganado 10. Un empate en la altura paceña. Y la única victoria nuestra fue en la Copa América en Río de Janeiro. Solo que, en esa ocasión, la celeste acudió con un equipo de futbolistas amateurs, por una huelga de jugadores en su país.

En un hotel, el mejor lugar para enterarse de las noticias, los chismes y comentar las novedades es la cocina. En la cocina de los hoteles, además de los alimentos, se cuece todo. En un patio interno, al lado de la despensa de verduras, donde había un ruedo de sillas para pelar las papas, se tenía un gigante radiorreceptor que siempre estaba con la perilla del volumen al máximo. El día de nuestro debut, aparentando pocas expectativas —aunque en el fondo, con mucha ilusión— ya tenía reservado mi lugar para escuchar el partido.

Se jugó en el estadio “El Libertador” de Tembladerani —del club Bolívar—, debido a que el “Hernando Siles” de Miraflores, estaba siendo remodelado para ser el escenario de los juegos bolivarianos. Los charrúas vinieron a La Paz a ganar. Llegaron el jueves a Cochabamba, para aclimatarse, y recién el sábado subieron a La Paz. Ya habían perdido un valioso punto en Caracas, y no podían arriesgar su clasificación cediendo más puntos. A diferencia de las puntuaciones actuales, en el 77, el ganador recibía 2 puntos, y no 3 como ahora.

El primer tiempo fue muy intenso, trabado, de marca y pocas llegadas al arco. Nos fuimos al descanso sin apertura del marcador. Los cocineros, sus ayudantes y todos los ocasionales radioescuchas, recién pudimos tomar un respiro y romper el tenso y nervioso silencio de la primera etapa.

Después del intervalo, apenas transcurridos 3 minutos, Ángulo recupera una pelota y se la pasa a Messa, éste en una jugada veloz, controla el balón, amaga entre dos rivales —dejándolos en el piso—, levanta la cabeza, y mete un pelotazo por izquierda hacia adelante. “Tamayá”, ingresando al área grande, se desmarca con el cuerpo, y saca un furibundo derechazo cruzado, que le dobla las manos al portero, y la pelota se cuela por su palo derecho. El estadio de Tembladerani, abarrotado con más de 20 mil personas, tiembla con el estremecido grito de GOOOOOL BOLIVIANO, que es acompañado por los cinco millones de hinchas de “la verde esperanza”.

A partir de ese momento, los uruguayos que habían estado dosificando el oxígeno, desplegaron toda su artillería. Nuestro arquero se convirtió en el héroe de la jornada. Los minutos finales fueron dramáticos. Morena —un goleador por antonomasia—, en el minuto 90, desperdició un gol “cantado”. El juez brasileño, Rómulo Arphi Filho, dio un minuto de adición —pareció una eternidad—, y después, apuntando al centro del campo, pitó el final del partido.

Ese domingo 27 de febrero de 1977, David venció a Goliat, 11 guerreros echaron por la borda cualquier historial estadístico. Después de 28 largos años, finalmente, se le pudo ganar a Uruguay y gritar a voz en cuello nuestro tradicional grito de guerra: ¡BO BO BO LI LI LI VIA VIA VIA, VIVA BOLIVIA!

Las ollas, los sartenes, las cáscaras y todo lo que estaba a nuestro alrededor, era lanzado al aire como señal de júbilo y alegría por ese zapatazo —“Tamayazo”— que iniciaba nuestro camino hacia Argentina.

Según una versión, lo de “Tamayazo”, no fue una creación periodística, como se podría intuir. Ese término lo popularizó, el baladista español Manolo Otero, que estaba en La Paz dando unos recitales, y fue invitado al hotel Sheraton cuando se agasajaba a la selección. Al momento de dedicarles una canción, Otero confesó que había asistido al partido, y que el derechazo de “Tamaya” Jiménez, le pareció un “Tamayazo”.

Porfirio Jiménez, nacido en la comunidad Palmar Chico, a 26 kilómetros al norte de Yacuiba, había llegado muy pequeño a Santa Cruz, sin haber practicado fútbol. Según sus propias palabras, todo lo que sabe de fútbol, lo aprendió en el barrio El Trompillo, peloteando en la pista del aeropuerto. Cuando lo entrevisté, me confesó que su sobrenombre, desde su adolescencia, es un apodo de novela. En esa época, en radioGrigotá, se emitía la radionovela “Infierno verde”, en la que un brujo se llamaba Tamayá.

Como reza la sabiduría popular, todos quieren “subirse a caballo ganador”, y los políticos, siempre son los primeros. El presidente Banzer —en las postrimerías de su larga dictadura—, recibió la visita del seleccionado, antes del viaje a Caracas. A tiempo de entregar una bandera en manos del capitán, pronunció unas emotivas y patrioteras palabras: “Quisiera entregarles nuestra enseña patria, que tienen que hacerla flamear victoriosa en los campos deportivos. Esta es nuestra bandera, por la que somos capaces de no solo marcar muchos goles, sino dar la vida misma. Que sea ésta pues la divisa que los lleve al triunfo”, vaticinó el presidente.

El domingo, nos tocaba salir de visitantes, y cumplir con los augurios del primer mandatario. Además —la principal novedad— el partido contra Venezuela sería transmitido en directo por televisión. Luego de superar innumerables factores de orden técnico, Televisión Boliviana anunció que llevaría a las pantallas las imágenes de este crucial juego. En esa ocasión, abandoné la cocina, y me instalé en la sala de mi casa, frente a un diminuto televisor en blanco y negro, con un gran botón para cambiar los canales, y alrededor de éste, una perilla móvil que sintonizaba la imagen. La tan anunciada transmisión fue terrible. La pésima recepción de imágenes —entrecortadas—, podía enloquecer a cualquiera. Sin pensarlo dos veces, volví a mi sitio frente al radiotransmisor de los cocineros. Las transmisiones televisivas del monopolio estatal estaban en pañales.

Lo que no estaba en pañales, era todo ese universo de predicciones y “ciencias” que giran en torno a los azarosos resultados del rey de los deportes. Con un intrincado método de cálculo, el Centro Nacional de Computación, pronosticó que Bolivia sería el ganador de su serie con una probabilidad del 83%  En una sesión de parapsicología, dirigida por Frank Zarzar, “mediante cambio de etapas en las frecuencias del cerebro”, también se predijo nuestro éxito.

En los prolegómenos de la transmisión radial, periodistas uruguayos lanzaban duras críticas contra su seleccionado. Había mucha bronca y frustración al ver la posibilidad de no estar presentes en un mundial en el que serían, casi locales. Muchos de los futbolistas uruguayos militaban en cuadros argentinos, y la ilusión de que miles de compatriotas crucen hacia la otra orilla del río, llevando aliento a su equipo, parecía estar desvaneciéndose. El partido contra Venezuela era clave en nuestras aspiraciones, pero era aún más decisivo para la suerte uruguaya.

El encuentro se disputó frente a 5 mil espectadores, en el pequeño estadio “Brígido Iriarte”. El evento era tan discreto, y casi pasaba desapercibido en Caracas, que incluso hubo confusión en el horario, ya que ese domingo también se disputaba un juego de la Liga Venezolana de Béisbol. Sin embargo, para miles de residentes bolivianos —muchos de ellos, exilados de la dictadura—, prescindiendo de sus diferencias políticas, se reencontraron con una parte de su añorada patria e hicieron sentir su aliento desde la tribunas. El que fuera el secretario del Partido Comunista Italiano, Antonio Gramsci, alguna vez escribió: “el fútbol es un reino de la lealtad humana, ejercida al aire libre”.

Según la transmisión de Sucesos del Deporte, el equipo de locutores de las emisoras bolivianas, trabajó —literalmente— al aire libre. Tres radios bolivianas transmitieron las incidencias del partido, y más de 40 se plegaron en una gran cadena nacional. El clásico de los “equipos chicos” comenzó a las 6 de la tarde.

Habían transcurrido solo 5 minutos, cuando aprovechando una combinación entre Messa y Jiménez, Saucedo recibió un balón por derecha, ingresó velozmente al área grande, miró al arquero, y remató para convertir el primer gol. Comenzar ganando —tan tempranamente—, hizo que el equipo se repliegue y recargue todo el peso del partido en la defensa. A la media hora del segundo tiempo, en 4 minutos, vinieron 2 goles. “Tamayá”, encontrando espacio entre los defensores centrales, remató con violencia, para desplomar toda esperanza de la “vinotinto”. Casi de inmediato, Aguilar, en una gran corrida, y con un potente izquierdazo, selló nuestra victoria. Al filo del evento, los venezolanos consiguieron el gol del honor para el categórico 3-1.

Era un poco más de las 10 de la noche, y las calles de nuestras ciudades comenzaron a llenarse de gente. El fútbol tiene esa magia de desatar pasiones y alegrías populares. Bolivia era una fiesta. Cinco millones de corazones latían alborozados con esta primera victoria de visitantes en una eliminatoria mundialista. En la cocina del hotel todos nos confundíamos en un abrazo. Nuestras gargantas quedaron roncas después de festejar cada uno de los goles. El júbilo y la algarabía desataron un ensordecedor bullicio de bocinas que, en Santa Cruz de la Sierra, se dirigían a su plaza principal. Debido a la hora, y que al día siguiente había clases, mis padres no me dejaron unirme a esta caravana indescriptible de eufóricos hinchas.

Al término de la contienda, los 11 gladiadores se congregaron en el centro del campo de juego —y con lágrimas en los ojos—, levantaron los brazos como saludo y retribución a los cánticos y aplausos de sus compatriotas.

En la tribuna había una gran pancarta con el slogan: “El mar nos pertenece por derecho, recuperarlo es un deber”.Si hay dos temas que unen al país —que nadie se opone—, son los éxitos de “la verde” y nuestra reivindicación marítima. Estas dos certezas, las saben manejar muy bien quienes detentan el poder.

Los romanos tenían una locución, que describe la práctica de un gobierno —democrático o dictatorial— para mantener tranquila la población u ocultar hechos controvertidos: Panem et circenses—pan y circo— proveer a las masas de alimento y entretenimiento para evitarse problemas.

Según la prensa, el avión presidencial por órdenes expresas de Banzer, viajó a Lima para traer de vuelta al seleccionado, que había hecho el primer tramo (Caracas-Lima) en un vuelo comercial de Iberia. La delegación tuvo un apoteósico recibimiento en La Paz. Un callejón humano portando banderas, papel picado y mixtura saludó a la delegación, que utilizó un vehículo descubierto, para el descenso hasta plaza Murillo. Era tanta la efervescencia y el júbilo de la gente en el recibimiento, que la muchedumbre quebró vidrios del aeropuerto al querer aproximarse al avión.

En la improvisada tarima, después de encendidos discursos, el capitán del equipo, al momento de devolver la tricolor, le dijo al presidente: “Hemos cumplido en Caracas”. Banzer, en emocionadas palabras, manifestó: “estuve absolutamente seguro del triunfo, y por eso entregué la bandera al seleccionado, porque no se entrega a quien va a perder, sino a quien va a ganar. De aquí en más, esta enseña patria flameará en Palacio (…) estos son los frutos de vivir en paz y buscar el progreso”. Este pasaje histórico —cambiando las circunstancias—, lo repitieron Sánchez de Lozada en 1993, o Evo Morales, en cada llegada de los corredores del Rally Dakar.

Lo que se publicó al día siguiente —a página completa—, y en todos los diarios del país, es muy parecido al “Evo cumple”de los últimos años. Sobre el esbozo de un futbolista, el texto del gobierno —pagado con nuestra plata— decía:Marzo 1977/ ¡Hacía el mundial de fútbol!/ ¡Bienvenidos a casa muchachos!/ Y el próximo 13 a demostrar otra vez garra y decisión/ ¡Banzer lo dijo y lo hizo!/ Campos deportivos para el desarrollo del deporte nacional.

Toda la semana me la pasé leyendo las crónicas de las repercusiones de nuestra victoria y la preparación para recibir a Venezuela. Era un lector privilegiado, en el lobby del hotel, podía encontrar prensa escrita de todo el país. Esta rutina diaria —a mis 12 años—, posiblemente es el origen de mi actual hábito de no salir de casa, sin antes haber hojeado el periódico, aunque el suplemento deportivo, ya no esté entre mis principales intereses.

“Dan” Georgiadis fue el personaje que más titulares tuvo en ese tiempo. El técnico siempre daba declaraciones provocadoras y que generaron un ambiente tenso antes del partido. En un reportaje uruguayo, se reveló que Georgiadis habría sido amenazado de muerte con una nota que rezaba así: “No se preocupe por cambiar el curso de la historia señor Georgiadis. Bolivia tiene que clasificar, lo quiera usted o no, por eso, le reiteramos: si Bolivia no se clasifica, usted será el responsable y pagará con su vida”. El ambiente estaba enrarecido.

La tensión se desvaneció, cuando al ingresar al estadio, los jugadores venezolanos arrancaron aplausos al exhibir un cartel alusivo a nuestras aspiraciones marítimas: “Hasta volver al mar para Bolivia de Venezuela. Afecto eterno”.Estas imágenes yo las vi en un televisor en blanco y negro, en canal 7 de Televisión Boliviana, donde además, nuestro equipo, con una de sus figuras —Aragonés— en una tarde inspirada, nos llevó a conseguir los 6 puntos que hacían que Uruguay, aún venciendo sus dos próximos partidos de local, le sea imposible alcanzarnos.

“Tamayá” a los 17 minutos, y Aragonés a los 42 —de cabeza, al recibir un córner de Morales—, nos llevaron a la gloria. Bolivia era un carnaval. Se logró hacer algo que no se había hecho antes: pasar a otra etapa en una fase clasificatoria para un torneo mundial. Dejamos fuera a un bicampeón. Alcanzamos el cielo con las manos.

Así como en el 93, la familia Valdivia nos hizo cantar: “Bolivia gana y si va al mundial”. En el 77, el eterno y famoso trío Oriental, con el sello Lyra de Discolandia, interpretó el carnaval “Bolivia al mundial”, compuesto por Orlando Rojas, que fue la banda sonora de esta epopeya futbolística. El sencillo de vinilo, de 33 1/2 r.p.m., regalaba un pegajoso carnaval cuya letra nombraba, uno a uno, a todos los héroes deportivos:

“De frente Bolivia / de frente al Mundial / el pueblo te pide gran equipo nacional / así es como juega / nuestra selección / con garra y coraje puritito corazón / Tamaya, Rimazza / Messa, Aragonés / Angulo, Morales, Jimmy Lima y Aguilar / Baldiviezo, Campos, Saucedo además / Carlitos Jiménez nuestro arquero y capitán…”.

La gente se lanzó nuevamente a las calles para manifestar su alegría y satisfacción por una campaña inédita. Se improvisó un ruidoso carnaval con pitos, banderas y caravanas de vehículos portando carteles. No hubo disfraces, solo gritos eufóricos de emoción y bandas de música que amenizaban el festejo para que la gente baile y cante. En La Paz, camiones del ejército recorrían las calles con bandas musicales. En Santa Cruz, la fiesta alcanzó su mayor animación en el parque El Arenal, donde se realizaba un concurso de bandas. Fue un día inolvidable.

Que yo recuerde, fueron muy pocas veces las que, deliberadamente, falté al colegio. El lunes, si hubo clases, yo no fui, y tampoco fueron miles de otros estudiantes, que salieron conmigo a las calles a festejar este triunfo. Vivimos un día de regocijo popular. Algunos de mis amigos, apedrearon colegios de señoritas, porque no las dejaban sumarse al festejo. Aquí, en esta crónica, confieso que yo no tiré ninguna piedra, pero tampoco hice nada para impedirlo.

Los próximos 2 partidos del grupo, fueron apenas para cumplir el calendario. Uruguay obtuvo un magro triunfo sobre Venezuela por 2-0, en un estadio desierto. Bolivia lo terminó de sepultar, al empatar en el mítico Centenario, con 2 golazos de Miguel Aguilar, y clasificar invictos. La amarga ironía uruguaya fue quedar fuera de un Mundial que se jugaba en la otra orilla del Río de la Plata.

En los grupos 1 y 3, no hubieron sorpresas: hace 40 años, todo el mundo daba por sentado que enfrentar a Brasil era una derrota segura. El empate que sacó Colombia de local, le costó el puesto al técnico Oswaldo Brandão, reemplazado de inmediato por Claudio Coutinho. Fuera de eso, Brasil clasificó sin mayores contratiempos. Por su parte, Perú, con un plantel compuesto por veteranas figuras, que fueron revelación en México 70 —Cubillas, Muñante, Chumpitaz—, superó a Chile y Ecuador.

Pasada la euforia de nuestra clasificación, inexplicablemente, se dio licencia de 2 meses a los seleccionados. A la distancia —sin hallar una justificación lógica—, debo suponer que la FBF tuvo problemas presupuestarios o exigencias de los clubes para cumplir sus compromisos de la Libertadores.

Al conocerse que la Confederación Brasileña estaba haciendo gestiones para que el triangular se realice en el Maracaná, ofreciendo 150 mil dólares a Bolivia y Perú, la FBF propuso 200 mil si La Paz era la sede. Ahí comenzó toda una novela para definir la ciudad que albergaría la liguilla. La Fédération Internationale de Football Association (FIFA) designó un campo neutral: Cali fue la ciudad elegida, y en el estadio Pascual Guerrero —de 50 mil espectadores—, Bolivia bajó del cielo al infierno.

 

El averno caleño

Desde el 4 de junio, la selección nacional volvió a concentrarse en Santa Cruz, en el hotel de mi familia. Así que esta etapa de preparación —si así se la puede llamar—, la conozco de primera mano.

Mientras el tricampeón planificó una seguidilla de 6 partidos internacionales de preparación —Inglaterra, Alemania, Polonia, Escocia, Yugoslavia y Francia—, Bolivia solo tenía confirmado un encuentro con Polonia. La desorganización, incongruencias y reiterados errores en esta fase, se grafican con dos ejemplos: el técnico amenazó con no asistir a la concentración, por falta de pago de sus honorarios. Por otro lado, si la idea era aclimatarse en el llano, ¿cómo se explica haber jugado contra Polonia en La Paz? La falta de planificación, improvisación y seguimiento del trabajo, por parte de los dirigentes, era incomprensible.

El listado de seleccionados era similar a la anterior convocatoria, salvo la ausencia del portero Jiménez, que se quedó en La Paz, para intentar recuperar su lesionada rodilla. Además, de la separación por “cuestiones disciplinarias” de Saucedo, que antes de viajar a Montevideo, reclamó el pago de los premios ofrecidos por las autoridades. El malestar de los aficionados y reclamos de dirigentes alegando discriminación “regionalista”, hicieron dar marcha atrás el castigo.

Aunque el resto del plantel era el mismo, la actitud del grupo no era la misma. Eso lo podíamos sentir quienes atendíamos y veíamos las exigencias y excesos en el lugar de concentración. Los jugadores estaban agrandados. No supieron asimilar el éxito. Nadie les aclaró que todavía no se había ganado nada.

Mientras nuestros rivales se esmeraban en su preparación, la indisciplina y la irresponsabilidad reinaba entre los nuestros. Más de uno se recogió en la madrugada en estado de ebriedad. El cuento, de que se utilizaron sábanas para descender del 2do. piso, o subir bebidas alcohólicas de la misma forma, es cierto. No me lo contaron, yo lo vi. Los jugadores —no todos—, estaban concentrados, pero en el jolgorio. Y los dirigentes, brillaban por su ausencia.

En un intento de poner orden, separaron a Messa del plantel, “por reiterados actos de indisciplina”, y ahí surgen discrepancias internas que se hacen públicas entre la presidencia de la FBF, los miembros del Tribunal Superior de Penas, dirigentes de clubes, y el propio técnico, que plantea su renuncia si se le exige reincorporar a una de las estrellas del equipo. Pugnas de poder, desinteligencias, falta de coordinación e indecisiones, hicieron de este caso un vergonzoso y bochornoso problema institucional.

El triangular comienza con Brasil y Perú. Por primera vez en el país se pudo observar un partido de fútbol jugado en el exterior —en vivo y en directo—, transmitido por periodistas bolivianos. Brasil vence pálidamente a su rival por 1-0.

Recordar lo de Cali es casi un martirio. En el calor del Valle del Cauca nos esperaban las verdaderas fieras. El primer manotazo no los dio Brasil, con un baile de 8 goles —4 de ellos de Zico— para despertarnos de nuestro sueño. A los 4 minutos ya perdíamos 1-0, y después del segundo, el portero Jiménez —cuya presencia era incierta, horas antes del partido—, pidió su cambio porque su rodilla operada se resintió. El bisoño reemplazante, Ismael Peinado, sufrió media docena de goles, hasta el fin del suplicio. De este incidente se ha dicho mucho. La verdad es que Jiménez no estaba en condiciones de jugar. Hubo demasiadas presiones —desde los médicos, con diagnósticos errados; sus propios compañeros, que confiaban más en él, que en su suplente; del técnico, que tomó la decisión de incluirlo; y de él mismo, que creyó que podía jugar—. Ambos, Jiménez y Peinado, han tenido que vivir con ese estigma, porque pareció que, a partir de ese momento, todo se vino abajo. La realidad es que, independientemente de quien atajara, existía una abismal diferencia técnica en todas las líneas. El 8-0 final —que se quedó corto—, así lo refleja.

El segundo revés, lo recibimos contra Perú. En este caso, no nos llevaron por delante, pero marcaron todos los goles que se les presentaron, 5-0. Nuestros jugadores no pudieron reponerse del bajón anímico y tampoco tuvieron la fortuna de convertir, a pesar de estrellar dos veces el balón en los palos. El espejismo de estar en el cielo se rompió y volvimos a nuestra cruda y triste realidad, con 13 goles en contra, en 2 partidos. Nos quedaba una última esperanza, partidos de ida y vuelta con el ganador del grupo 9 europeo, Hungría.

 

Magiares poderosos

La amargura, el desconcierto y la incredulidad, después del desastre de Cali, provocaron que, en un editorial de El Deber, bajo el título de “El buen nombre del país”, se proponga renunciar a los partidos contra Hungría, “antes que los atletas magiares manoseen, sin misericordia, el nombre de la patria”. El editorialista se preguntaba: “¿Valdrá la pena correr el riesgo? ¿No será más decoroso renunciar a esa chance y quedarnos en casa?”.

Era tanta la tristeza y frustración, que incluso se renunció al chauvinismo nacionalista vigente, al llamar a un técnico alemán —Edward Virba— que convocó a varios jugadores nacionalizados. Pero, las goleadas no terminaron. Perdimos 6-0 en Budapest, y 3-2 en La Paz, con destellos de buen fútbol de Aragonés, que además hizo los 2 únicos tantos, en esta fase de 22 goles en contra.

El mundial de Argentina 78, lo vimos por televisión.

 

Los dueños de la pelota

Esta catastrófica campaña, precipitó el nacimiento —con fórceps—, de la Liga Profesional del Fútbol Boliviano, en un intento de reorganizar estructuras caducas y corruptas. Sin embargo, está claro que después de 40 años, nada ha cambiado, ni cambiará.

La nefasta FIFA —de la cual depende la FBF— ha hecho del deporte un negocio privado, con una estructura planetaria de 6 confederaciones en los 5 continentes, con más de 300 millones de jugadores, con sus propios tribunales. A través de sus normas, establece requisitos para poder participar en cualquiera de sus competiciones (Libertadores, Sudamericana, Copa Mundial, etc.). En resumen, este fútbol que tanto nos apasiona, tiene dueño.

Los hinchas —que ingenuamente pagamos nuestro ingreso al estadio—, presenciamos asqueados un dantesco espectáculo podrido en todos sus niveles: adulteración de edades, dinero por votos, extorsiones, contratos publicitarios vinculados, malversación de fondos de derechos televisivos, chantajes, cuotas de poder, prebendas, amaño de partidos, ventas de insignias arbitrales, perpetuación en el cargo y un largo y vomitivo etcétera.

Ya lo dijo Jorge Valdano —exfutbolista, campeón mundial— en su libro Fútbol: el juego infinito: “No existe ningún otro fenómeno social que se haya adaptado con más naturalidad a la globalización. Y en este proceso, se ha vuelto un negocio planetario, que explota la emoción, que necesita de héroes, y al que ya no le alcanzan los resultados para seducir. El fútbol es hoy un negocio sin fronteras, que genera una emoción en perpetua renovación y en el que los aficionados pasan a ser clientes”.

Podrá no ser un espectáculo televisivo, pero yo me voy a quedar con el fútbol de sábado por la tarde, que desde mis 12 años, jugamos con mis amigos de barrio. En esa cancha se juega limpio, hay transparencia e integridad: el equipo que recibe el primer gol, se saca la camiseta; se juega a 2 goles o 10 minutos, y el ganador se enfrenta al que está afuera; si solo hay 2 equipos, se suman los goles y se pelotea hasta que anochezca; no hay árbitro, tampoco fuera de lugar; los dos mejores no pueden estar en el mismo equipo, uno de ellos cede “la pedida”, y por turno seleccionan a sus jugadores; si te eligen de último, es una gran humillación; el “Yan ken po” decide quién elige el arco.

Hay un solo detalle similar entre el fútbol de barrio y el de la FIFA: cuando el dueño de la pelota se enoja, se acaba el partido.

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