Publicado en El Deber el viernes 19 de octubre de 2018

Hace unas semanas atrás, un buen amigo me trajo de Estados Unidos la edición “calentita” del último libro del legendario periodista Bob Woodward, que junto a Carl Bernstein, destaparon el escándalo de Watergate, que finalmente derivó en la dimisión a la presidencia de Richard Nixon. El caso debe su nombre al complejo de edificios donde el comité nacional del partido Demócrata tenía su sede. En ese lugar se produjo un robo de documentos y actividades clandestinas que la administración de Nixon se resistía a investigar, y por el contrario, buscó encubrir a los responsables, cuya cabeza era el propio presidente. Los jóvenes periodistas, del Washington Post, ganaron su primer premio Pulitzer por esa investigación: Todos los hombres del presidente (1974).

El célebre Woodward se ha convertido en una suerte de cronista de la capital norteamericana, y ya tiene publicados 18 libros —12 bestsellers— alrededor de la vida y formas de administración de los inquilinos de la Casa Blanca. Este pasado 11 de septiembre presentó Fear. Trump in the White House que revela detalles internos y sin precedentes de la terrorífica forma de tomar decisiones, tanto en política interna como externa, del actual mandatario.

El libro es un retrato íntimo del primer año de gobierno de Donald Trump y se enfoca en los explosivos debates de sus más cercanos colaboradores y los álgidos momentos cuando se deciden temas de alta sensibilidad mundial. El autor se respalda en cientos de horas de entrevistas, fuentes documentales, notas de reuniones y archivos públicos. Woodward ha llegado a decir que “nunca había visto a un presidente tan alejado de la realidad”, y que en algunos casos, caprichos personales podrían poner en riesgo la propia seguridad nacional. Se develan acciones —de sus más estrechos asesores—, que le ocultan información para evitar que tome decisiones erradas o que puedan tener consecuencias negativas para el país. Algunos de los testimonios ponen en duda la cordura y capacidad intelectual de Trump para comprender aspectos básicos de política exterior. Además, se describe una Casa Blanca caótica y disfuncional con un presidente que humilla a sus subalternos o les atribuye culpas, en el intento de evitar asumirlas como propias.

Más allá del libro como objeto (tapa dura, cubierta externa con solapas, fotos internas a color y 1.1 millones de copias vendidas en la primera semana) es envidiable la institucionalidad democrática y el fácil acceso a fuentes primarias que pueden tener los periodistas en ese país. Aquí, es difícil acceder a un expediente judicial —que se supone público—, menos aún tener autorización para revisar archivos oficiales —si es que existieran— que registren discusiones o argumentaciones de quienes definen políticas públicas. En asuntos de seguridad, estos archivos se desclasifican en un tiempo prudencial, para cualquier investigador.

¿Se pueden imaginar hacer público todo lo que se dice, hace o discute —formalmente— en la llamada Casa Grande del Pueblo, que financiamos los contribuyentes? Si Trump —con casi una decena de libros dedicados a su gestión— le dio un espaldarazo a la industria editorial y está haciendo que los estadounidenses lean de nuevo, ¿se podrían imaginar todas las copias de libros que podríamos editar con todos nuestros “gates” (Zapata-gate, Achacollo-Fondioc-gate, etcétera, etcétera)?.

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