Publicado en El Deber el viernes 4 de abril de 2019

Callado, sin poder aportar nada, escuchaba atento la conversación de mis hijos, después que los provoqué pidiéndoles que me expliquen qué es un influencer. Miraba sus gestos y anotaba con atención el intercambio de decenas de nombres y sitios en Internet, la descripción de las características de estas supuestas personalidades y sus actividades y las increíbles e inimaginables cifras de seguidores de unos y otros. Confieso que, antes de esta charla, muy pocos de esos nombres me sonaban familiares. Sin embargo, todos los mencionados habían sido considerados influencers en el mundo digital. Mi hija me aclaró que un influencer es alguien que cuenta con cierta credibilidad sobre un tema concreto, y por su alta presencia e influencia en redes sociales, puede convertirse en un prescriptor interesante para los productos o servicios de una marca.

Estuve a punto de comentarle que lo del prescriptor especializado no era nada nuevo en el mundo publicitario y que los anunciantes de, por ejemplo, pasta dentífrica, habían usado siempre a alguien con guardapolvo blanco para sus publicidades. Sin embargo, no dije nada porque me di cuenta que ese desconocido de bata blanca —el de mi época—, no podía compararse con el poder persuasivo de este otro, con nombre y apellido, con una historia compartida diariamente con lujo de detalles, en cada una de sus plataformas, a las que millones de personas acceden y pueden interactuar con él.

Al contrario de los anuncios tradicionales, que no tienen historias personales detrás, el papel de los influencer es acercar la marca a los consumidores de una forma “más humana”. Los followers (seguidores) de estos personajes saben quiénes son (o por lo menos, la imagen que proyectan públicamente), conocen y les gusta su estilo de vida, los admiran y, de alguna manera, confían y se sienten identificados con ellos, por eso mismo, los siguen.

Investigando a estas celebridades pude identificar algunas características: muchos provienen del mundo televisivo (modelaje, farándula, deportes, noticias, música); las principales áreas en las que se mueven tienen que ver con: moda, belleza, estilos de vida, decoración, gastronomía, humor y viajes; algunos de ellos crean sus propios contenidos con mucha creatividad e ingenio, incluso antes de ser patrocinados por marcas comerciales; comparten, en diferentes plataformas digitales (Facebook, Instagram, Youtube, Pinterest, etc.) fragmentos de su vida diaria de manera “casual” y divertida.

Cuando quise participar de la plática entre millennials y mencioné que George Clooney (a mi juicio, un influencer), con un Twitter, había pedido boicotear los hoteles del sultán de Brunei porque esa monarquía promulgó una ley que autoriza la lapidación y los latigazos a los acusados de homosexualidad y adulterio, me aclararon que el actor sería más un activista social que un influencer. Con eso, quedé más confundido que al principio. ¿La categoría de influencer está destinada a usos comerciales exclusivamente? ¿Un influencer no puede influir en modificar o criticar políticas de Estado? Si la respuesta es afirmativa, debemos alentar a los prescriptores especializados para que también opinen sobre política, arte, tecnología o literatura y tengan millones de followers. Antes que elegir un buen champú, el mundo necesita muchas y buenas ideas.

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