Publicado en El Deber el viernes 5 de julio de 2019

Circula por ahí un viejo chiste que hace referencia a la percepción que tienen las colectividades de sí mismas, y en particular, el caso de los argentinos (porteños, para ser más precisos): “¿cuál es el mejor negocio que se puede hacer?”, pregunta alguien. Y la respuesta, no solo es contundente, sino que se mofa de la autovaloración que ellos mismos se tienen: “comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale”.

En el caso boliviano, la evaluación que tenemos de nosotros mismos es negativa. La autoestima colectiva, que es ese conjunto de percepciones, pensamientos, evaluaciones, sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, tiene —lamentablemente— una baja valoración.

El profesor Xabier Azkargorta, en un pasaje de su libro Difícil de entender, imposible de olvidar, recuerda que: “nadie creía en la selección, incluso llegué a recibir amenazas de muerte por carta si no clasificábamos para el Mundial. Pero poco a poco fue cambiando la cosa, ganamos en credibilidad, lógicamente con resultados, que por desgracia es lo que da credibilidad en el fútbol; el equipo fue adquiriendo personalidad y sobre todo autoestima, que era uno de los puntos más débiles del grupo humano que formamos”, remata el seleccionador que llevó a Bolivia al mundial de fútbol de 1994.

Siguiendo pautas del gran maestro Santiago Coca y sus reflexiones expuestas en el libro Hombres para el fútbol, Azkargorta trabajó la pobre autoestima del jugador boliviano con mensajes sencillos y profundos: “el hombre antes que el futbolista”; “aquí y ahora”; “se juega como se vive”; “querer es poder, solo si le unimos la inteligencia”; “no excusas”.  Ese exitoso proceso colectivo tiene muchos ingredientes y variables que analizar, pero el solo hecho de creer en sus propias posibilidades los llevó a clasificar. El profesor lo resume así:“…reconozco que la altura nos ayudó de forma importante en la clasificación, pero aquel equipo tenía metido el orgullo dentro de los botines y había perdido el miedo a cualquier rival, incluso a Brasil”.

Los recientes y festejados logros de algunos bolivianos excepcionales: Roberto Navia (periodismo), Hugo Dellien (tenis), Leo Rosas (música), Pedro Antonio Gutiérrez (cine), Magela Baudoin (literatura), Alejandro Rioja (emprendimientos) y Fabiana Abastoflor (gimnasia rítmica) provocan una cohesión y orgullo nacional que nos hace bien como sociedad. Detrás de cada una de esas historias, se puede ver que los éxitos fueron producto del esfuerzo, voluntad y trabajo personales, antes que de políticas públicas o acciones del Estado, que una vez más, está ausente y desatendiendo a sus ciudadanos.

Estos referentes positivos son inspiradores para nuestro desarrollo colectivo. El aprecio que se tiene uno mismo genera confianza y motivación. A eso, se le debe sumar el trabajo esforzado y entusiasta en aquellos aspectos que hacen falta para lograr la verdadera suficiencia, aceptación y reconocimiento. Es necesario e imprescindible que superemos el añejo lamento boliviano, nuestro permanente complejo y tara de sentirnos víctimas de otros, la cultura de la queja y el pesimismo y construyamos responsablemente una sociedad, con valores y principios —ancestrales y modernos—, que se sienta orgullosa de sí misma y se permita soñar.

¿Y por qué no, vendernos por lo que creemos que valemos?

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