Publicado en El Deber el viernes 20 de septiembre de 2019

Después de reconquistar los derechos democráticos, uno de los grandes retos de la política boliviana es romper con el caudillismo. Líderes carismáticos, de fuerte personalidad, alta popularidad y con un gran caudal de electores han marcado diferentes momentos y épocas en la historia del país. La democracia que se pregona hacia afuera, no es una práctica común hacia el interior de los partidos políticos. Las estructuras de las organizaciones partidarias no están permitiendo el surgimiento de nuevos liderazgos, que son necesarios para un recambio en la conducción de sus propias tiendas políticas, como en la administración de la gestión pública.

Un caso paradigmático es el de Morales dentro del MAS. En enero próximo serán catorce años de ejercer el poder —casi absoluto—, y no han sido capaces de renovar su liderazgo. Al contrario, todas las acciones desarrolladas han girado en torno al culto de la personalidad del caudillo, antes que de las ideas-fuerza del proyecto político. El llamado “proceso de cambio”, sin Morales, no existe. No solo se ha concentrado el poder en una sola persona, sino que se ha construido un mesianismo alrededor de su figura casi “redentora”, que la hace irremplazable.

La comunicación y la propaganda política gubernamental (no me refiero a la campaña electoral actual) centra su atención en la efigie del caudillo, omnipresente en todos los espacios públicos. El retrato estilizado de Morales es un sello que inunda pancartas de interiores, carteles carreteros, spots televisivos y un largo etcétera. Su nombre es usado para bautizar programas de gobierno, escuelas, plazas y cualquier infraestructura estatal que se construya. Hay una necesidad de dejar una marca del personaje en la historia, antes que del proyecto. Por lo tanto, el “mesías” es insustituible y nadie podría crecer bajo su “predestinada” sombra.

Esta, casi “divinización” del líder, influye para que todo esté sometido a sus deseos y apetitos personales: el equilibro de poderes de la democracia liberal, le incomoda; al sentirse “ungido” y venerado, se vuelve intolerante; se siente con el derecho de dar un cobarde rodillazo o que le aten los zapatos, porque su poder es casi monárquico; cuando las cosas no salen según su voluntad, se victimiza y apela a la movilización de sus incondicionales bases; “meterle nomás y que los abogados arreglen”, es su rasgo tiránico; hace declaraciones misóginas y machistas, y nadie de su entorno —incluidas acérrimas activistas femeninas—, dice nada; los que no están de acuerdo con él, son “reaccionarios, imperialistas, agentes extranjeros o enemigos del pueblo”; dicta normas que van en contra del medio ambiente, y los ambientalistas del masismo se hacen los sordos; las muestras de cariño de quienes se benefician de las obras públicas, lo tienen convencido de ser el “hombre providencial”; percibe que el tiempo de su mandato no lo puede establecer un referéndum popular, sino su derecho universal de reelección perpetua.

En el ensayo, “El yo y el inconsciente” de Carl G. Jung, cuando se describe la “personalidad maná” (propia de un caudillo omnipotente y todopoderoso) se advierte que “el inconsciente colectivo puede arrastrar a un hombre al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas”. Si este no es el caso de Morales, se le parece mucho.

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