Publicado en El Deber el viernes 5 de junio de 2020

En el conversatorio, al que fui invitado a participar, “La cultura y el arte post Covid-19”, organizado por Medrano & Asociados y la UTEPSA, se pusieron de manifiesto algunas características del mundo del arte que es necesario resaltar. En la primera etapa del confinamiento, cuando las expresiones artísticas gratuitas cobraron una especial relevancia (conciertos acústicos en casa, ensambles musicales, declamación de poemas, testimonios de escritores, talleres de artistas plásticos, stand up de comediantes, festivales de cine nacional, presentación de obras de teatro filmadas, etcétera), se visibilizó y valorizó el gran aporte del sector. La frase “si crees que los artistas no son importantes, intenta pasar tu cuarentena sin música, libros, poemas, fotos, películas y pinturas”, remataba esa nueva realidad de intenso consumo digital del arte.

Sin embargo, pasadas las semanas, se hizo evidente lo que siempre se supo, pero que no era un tema de discusión y que ni siquiera estaba contemplado en las políticas públicas de esta emergencia sanitaria: al haberse cancelado todas las programaciones y presentaciones de actividades culturales y artísticas, así como el desarrollo de procesos formativos, este sector, uno de los más vulnerables de la sociedad, fue al mismo tiempo, uno de los más afectados por las restricciones impuestas para contener la pandemia.

En tiempos anteriores al Covid-19, los actores culturales generaban su sostenibilidad en condiciones muy precarias y de extrema fragilidad económica. Al no existir políticas públicas, leyes y normas que protejan y garanticen el desarrollo de las manifestaciones culturales, los artistas (así como los deportistas amateurs) están librados a agudizar su ingenio y buscar autosustento, casi de rodillas. El impacto negativo de la pandemia en el área de la cultura puede llevar a muchos de sus actores a la desaparición y al abandono de la actividad artística.

Equivocadamente, se piensa solo en aquellos de mayor visibilidad, los que están frente a un micrófono, una pantalla, sobre un escenario o en una galería. Sin embargo, detrás de estos más visibles, hay también una legión de otros tantos que conforman el ecosistema cultural, los trabajadores del arte: sonidistas, arreglistas, iluminadores, fotógrafos, editores, diseñadores, diagramadores, camarógrafos, impresores, vestuaristas, marqueteros, curadores, guionistas, correctores, floristas, artesanos, músicos de calle (mariachis, bandas y tamboritas) y un largo etcétera.

Solo como ilustración, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), “antes de la llegada del Covid-19, las industrias culturales representaban el 3% del PIB mundial y contribuían con casi treinta millones de empleos en todo el mundo”. La cancelación de eventos, el cierre de instituciones, centros culturales, bibliotecas, museos, teatros, cines, galerías, entre otros, pondrá en peligro miles de puestos de trabajo. Por lo poco que se sabe del virus, estos espacios de reunión de personas, serán los últimos en volver a cierta normalidad, y esta tardía reapertura ahondará aún más la crisis del sector.

Más allá del espíritu libre del artista y el creador, contrario a ser parte de una agremiación o ente corporativo —y en especial, en la actual coyuntura—, será necesario que existan sólidas colectividades, debidamente organizadas, para poder representar, con legalidad y legitimidad, los intereses del sector y ser portavoces frente a la sociedad y el Estado de sus urgentes demandas y necesidades.

Después de entrevistar a algunos representantes del arte y la cultura, me atrevo a exponer algunas ideas que podrían implementarse en el corto, mediano y largo plazo, donde la participación estatal será fundamental para paliar los efectos de la pandemia: en una primera instancia, la burocracia estatal debe desembolsar —de inmediato—, todos los pagos pendientes de premios y actividades ya realizadas.

Por otra parte, y de acuerdo a los presupuestos 2020, ya aprobados (nacionales, departamentales y municipales), los fondos públicos que se tenían destinados para actividades culturales podrían ser parte de un fondo especial concursable, destinado para diversas actividades que generen ingresos al sector: clases y talleres a través de plataformas digitales; creación y difusión de programas televisivos y radiales, de programación y contenidos culturales; participación de actores culturales en la producción de materiales que tienen que ver con campañas comunicacionales del Estado, relacionadas a la educación y prevención en salud; financiamiento económico, con garantías solidarias cruzadas, para iniciativas particulares relacionadas a proyectos y producciones artísticas; subastas virtuales en galerías digitales, a través de todos los medios y canales del Estado.

Con algo más de tiempo y análisis, se podría encarar estas otras sugerencias: construir una legislación que proteja los derechos laborales y un necesario e inexistente sistema de seguridad social del sector; debido a que la norma actual es confusa e inaplicable, se debería crear una categoría especial en el régimen tributario que otorgue preferencias y exenciones, sin que los contratantes se vean perjudicados y terminen descontado estas exenciones; en el mismo sistema tributario, se podría incentivar las donaciones y patrocinios de contribuyentes particulares, a cuenta de impuestos; diseñar, junto a los propios protagonistas, políticas culturales de largo aliento que protejan, fortalezcan y garanticen el desarrollo de las manifestaciones culturales; y finalmente, se debe capacitar a los trabajadores del sector en la adaptación al mundo digital y el teletrabajo.

En los últimos meses, hemos consumido arte de manera digital. Y probablemente, esto se mantenga por un buen tiempo más. Las redes sociales y las plataformas virtuales serán los protagonistas de la escena cultural y artística. Por lo tanto, la difusión, promoción y réplica de iniciativas artísticas en medios digitales será parte de la “nueva normalidad”. Más allá de intentar resolver aspectos económicos de quienes viven del arte, la pandemia nos ha demostrado de manera contundente que la cultura es un vector de resiliencia y desarrollo humano imprescindible para poder resistir. Consumir productos y servicios culturales, como un hábito cotidiano, aporta sustancialmente a mejorar nuestra calidad de vida, a nuestra salud emocional, y es esencial para sobrellevar y superar la delicada coyuntura virulenta en la que vivimos.

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