Publicado en El Deber el viernes 24 de julio de 2020

Los innumerables comentarios al artículo de hace un par de semanas, que señalaba la capacidad del masismo para bautizar espejismos, me llevan a una segunda entrega para reforzar el diagnóstico del complejo de Adán y Eva que padecían los anteriores gobernantes.

La crisis sanitaria que vive el planeta, y que en Bolivia ya es una calamidad de proporciones épicas, nos obligará a replantear el papel del Estado en la salud de sus ciudadanos. El MAS, con ese creativo y rimbombante modo de bautizar todo lo que emprendía, redactó el artículo 18 de la CPE, haciendo alarde de uno de sus más grandes espejismos: “El sistema único de salud será universal, gratuito, equitativo, intracultural, intercultural, participativo, con calidad, calidez y control social. El sistema se basa en los principios de solidaridad, eficiencia y corresponsabilidad y se desarrolla mediante políticas públicas en todos los niveles de gobierno”.Así está escrito. Así fue “constitucionalizado” lo que sería el supuesto Seguro Universal de Salud. Tuvieron 14 años para construir este soñado sistema, en uno de los períodos de mayores ingresos fiscales de toda la historia del país desde 1825, y nos hemos dado cuenta de que todo fue una ilusión. La promesa electoral de Morales era que hasta el 2020 el SUS cubriría al menos al 70% de la población. Visiten cualquiera de los hospitales públicos y podrán constatar un fraude tan grande y florido como el articulado constitucional.

Otra realidad —engañosa e ilusoria—, fueron las elecciones judiciales que tenían como objetivo “refundar” el corrupto sistema judicial existente. Con esa premisa de querer ser el primero y “descubrir la pólvora”, Morales se embarcó en un inédito proceso electoral donde ninguno de los candidatos obtuvo una votación mayor al 10%. Un fracaso que le costó al país más de 125 millones de bolivianos y que agudizó la crisis de credibilidad de un órgano del Estado que sigue subordinado al poder político de turno. El sistema judicial que nos legó el masismo es aún más corrupto que el anterior. La justicia boliviana es tan temida como el Covid-19. Y lo peor de todo, es que no se avizora ningún tratamiento ni vacuna para proteger al abandonado ciudadano que podría ser víctima de su “legal viralidad”.

Entre algunas de las mega construcciones, con llamativas denominaciones, están: los 29 pisos (incluido helipuerto) de la sede del Ejecutivo, llamado ahora “Casa Grande del Pueblo” (sic). Más de 250 millones de bolivianos para una innecesaria mole financiada por el manso pueblo del que todos hablan. El culto a la personalidad, llevado a dimensiones casi religiosas, está representado por el “museo de la Revolución Democrática y Cultural” (flor de nombre). Son más de 10 mil metros cuadrados, de 50 millones de bolivianos, para una descomunal, excéntrica y costosa construcción que contrasta con las modestas casas de adobe de los comunarios. Un elefante blanco, en medio de la nada, es una afrenta y casi una obscenidad inadmisible. Y para completar la trica de irracionalidades, la sede del fallido Parlamento de la UNASUR, un gigantesco y agrietado espectro de 72 millones de dólares, rodeado de malezas, para un bloque de países del cual más de la mitad ya se retiraron.

El virus que hoy nos ataca es apenas un corolario —la yapa—, de una larga enfermedad que nos tenía cautivos en un espejismo al cual, casi “masoquísticamente”, algunos quieren volver.

Fotografía: Rodrigo Cortez Radosevic.

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