Publicado en El Deber el viernes 4 de septiembre de 2020

Hace un par de días, una amiga que sale a caminar —bien temprano—, por las calles del pueblo, me llamó para advertirme que tenga cuidado porque había sido asaltada y golpeada dentro de uno de los parques urbanos. La semana pasada, de casualidad, mientras comenzaba mi caminata matutina, encontré a una corredora de élite y nos saludamos haciendo una reverencia japonesa. Ella, hizo una pausa a su veloz trote, para informarme de lo mismo: “no te acerqués por la costanera del cuarto anillo, están asaltando”.

El Instituto Nacional de Estadística (INE) indicó que al finalizar 2019 el 12,9% de la población boliviana vivía en la extrema pobreza. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) calcula que los efectos negativos de la pandemia en la economía se traducirán en un incremento, en al menos, 3,9 puntos porcentuales, por encima del cálculo del INE, es decir, 16,8% de la población. Si estos son los datos que tenemos, y no nos queda más que confiar en ellos, en este fatídico 2020 cerca de 453 mil bolivianos más habrán caído en la extrema pobreza. Si el INE señala que somos 11,6 millones de bolivianos, más de un millón novecientos mil compatriotas sobreviven sin satisfacer sus necesidades vitales básicas (alimento, agua potable, techo, sanidad, educación). El mismo organismo señala que un 36,1% en el país es pobre. Aproximadamente 4,2 millones de bolivianos. Y como resultado de la crisis, habrá una movilidad económica descendente.

A este triste panorama debemos yaparle el indicador de desempleo y el deterioro de las condiciones laborales en lo que resta del año. Según el INE, a fines de mayo de 2020, el desempleo llegó al 8.1% de la población económicamente activa. Tres puntos porcentuales por encima del último cálculo, realizado a fines de 2019, y con seguridad, seguirá subiendo. La Cepal estima que el índice de desocupación en la región podría llegar al 13.5%.

Otro gran problema en Bolivia es la elevada tasa de informalidad. Alrededor del 65% del empleo generado en el país pertenece al sector informal, con todas las debilidades y precarias condiciones que esto significa. Y dentro de este segmento, la fuerza de trabajo femenina es la más vulnerable y que, estructuralmente, presenta mayores tasas de desocupación.

Está muy claro que estas cifras no son las de Suiza, como nos habían prometido cuando inauguraban con todo el apoyo popular —rituales pachamámicos incluidos—, lo que debería haber sido el nuevo “Estado Plurinacional” del siglo XXI. En medio de una recesión económica mundial, esta es una radiografía de las condiciones económicas de la población boliviana más golpeada por el hambre, la desocupación y la falta de esperanza. Esta es la cruda realidad de la que no hablaban quienes inauguraban canchitas de fútbol, museos en medio de la nada, suntuosos e inútiles edificios y que despilfarraron ingentes cantidades de dinero, en un década de bonanza económica con una administración ineficiente y corrupta.

A diferencia de otras zonas y regiones del mundo, donde la amenaza procede de los conflictos armados, los fanatismos religiosos o los nacionalismos trasnochados, en Bolivia la extrema pobreza y el consumo de drogas son las principales causas de transgresiones contra la seguridad humana. A mayores índices de pobreza, mayores serán los índices de delincuencia e inseguridad pública.

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