Publicado en El Deber el viernes 13 de noviembre de 2020

Si los discursos —en su gran mayoría—, no confirmaran esa vieja expresión popular: “las palabras se las lleva el viento”, lo dicho por el vicepresidente del Estado, David Choquehuanca, en el acto de posesión de su gobierno, sería una señal de esperanza para reconciliar esta nación fragmentada.

Este político aymara, desmarcándose del mensaje de confrontación del presidente, reflexionó sobre la búsqueda de equilibrios y recuperación del estado de derecho en Bolivia. Aficionado a las metáforas (recuérdese el sexo de las piedras), Choquehuanca, sentenció: “El cóndor levanta vuelo solo cuando su ala derecha está en perfecto equilibrio con su ala izquierda”. Y —supongo—, haciendo un mea culpa del gobierno en el que él fue canciller, propuso: “Debemos superar la división, el odio, el racismo, la discriminación entre compatriotas, ya no más persecución a la libertad de expresión, ya no más judicialización de la política (…) ya no más abuso de poder, el poder tiene que ser para ayudar, el poder tiene que circular, el poder, así como la economía, se tiene que redistribuir”.

En un año tan incierto, doloroso y de tanta desesperanza, intento encontrar algunas señales que nos ayuden a reconstruir las ilusiones colectivas. Otro de estos fulgores utópicos ha sido la llegada de Kamala Harris a la vicepresidencia de la mayor potencia militar, económica y tecnológica del mundo.

Kamala, hija de madre india y padre jamaicano (ambos progenitores crecieron bajo el dominio colonial británico, en lugares opuestos del planeta), se convertirá en la primera mujer —y la primera mujer de color—, en ocupar ese cargo. Una nación convulsionada, con protestas y conflictos raciales en las calles (Black Lives Matter), eligió a una hija de inmigrantes que encarna el futuro de un país racialmente diverso, pero con hondas fracturas irresueltas.

Kamala Harris, exfiscal de distrito de San Francisco, fue elegida como la primera mujer negra en servir como fiscal general de California. Cuando fue elegida senadora en 2016, se convirtió en la segunda mujer negra en la historia de esa cámara. Esta afroestadounidense, desde su juventud, estuvo inmersa en movimientos para la justicia racial. En Washington, la recuerdan como la senadora de un “fulminante estilo” al interrogar a sus adversarios en las audiencias, en momentos cruciales de la pedregosa administración de Trump. Muchos de estos interrogatorios públicos se han hecho virales en las redes sociales. Su marido —blanco y judío—, se convertirá en el primer “segundo caballero” de la historia del país.

Una mujer de 55 años, negra y de ascendencia asiática, se encuentra en la posición más clara, que cualquier otro vicepresidente anterior, de heredar la Casa Blanca. El presidente electo, Joe Biden —blanco y católico—, que tendrá 78 años en enero, ostentará el récord de ser la persona de mayor edad en asumir el puesto de primer mandatario en Estados Unidos.

Kamala, en un emotivo discurso de celebración, prometió romper barreras para que otras mujeres puedan llegar a ese cargo. En el momento más conmovedor, al agradecer a sus electores, entre medio de palmas y vítores, con voz entrecortada, expresó: “Aunque puede que yo vaya a ser la primera mujer en este cargo, no seré la última. Porque cada niña pequeña que nos está viendo esta noche ve que este es un país de oportunidades”.

Quisiera ilusionarme con el mensaje de ambos vicepresidentes. En todo momento, pero en especial, en épocas de emergencia sanitaria y desaliento, necesitamos asirnos a utopías.

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