Publicado en El Deber el viernes 5 de febrero de 2021

Entre las amistades —de larga data— que todavía conservo de mi viaje escolar de intercambio, está una octogenaria profesora estadounidense, con quien conversamos a menudo a través del celular (con camarita). Ella, habitualmente alejada de la tecnología, nos reveló que ahora está atenta al llamado de su centro de salud para recibir la primera dosis de la vacuna contra el Covid-19, al estar en los primeros lugares de la lista. Al preguntarle la procedencia o nombre del fabricante, un largo silencio fue la respuesta. En la cabeza de una ciudadana promedio, jubilada, de clase media, esta interrogante ni siquiera se le pasa por la cabeza. Ella confía en la decisión de los funcionarios públicos que, por motivos sanitarios, económicos y logísticos, aprobaron que Estados Unidos use las vacunas de Moderna y Pfizer, indistintamente.

¿Por qué los bolivianos deberíamos desconfiar de la decisión de nuestros funcionarios públicos? (esta pregunta puede tener diferentes connotaciones —ironía, sarcasmo, humor, repudio— dependiendo del tono y de quién la formule). Esta vez, porque necesito algo de certidumbre, voy a creer que la selección de la vacuna rusa, Sputnik V, ha sido la mejor opción posible. Aún sabiendo que las investigaciones de los rusos no han tenido la transparencia de las otras, y que hay muy poca difusión de los detalles exploratorios entre la comunidad científica internacional, creo que la vacunación es la única salida para acabar con esta pesadilla.

Los políticos en general, y el presidente Arce en particular, deberían avergonzarse de usar políticamente la insuficiente, y hasta sospechosa, primera partida de dosis de la Sputnik. ¿Hace falta gastar su tiempo, junto a un séquito de ministros, para tomarse fotografías en todos los lugares donde se inició la vacunación? ¿Acaso, él pago las vacunas con su plata? El país necesita de una administración pública eficiente, y enfocada a tiempo completo, en resolver temas estratégicos y urgentes, antes que el de perder tiempo en viajes insulsos y de mal gusto. Así como nos parecía una estafa que el presidente juegue fulbito en horas de trabajo, también nos parece que nos están engañando cuando las ausencias en su despacho son para buscar fotos o dar clases, pudiendo tener un eventual reemplazo.

El reciente conflicto entre el Reino Unido y la Unión Europea, por la incertidumbre de que el fabricante de la vacuna AstraZeneca (británica-sueca), pueda proveer de las dosis necesarias y en el menor tiempo posible, es una muestra de que si no se hacen las gestiones con la debida agilidad y prontitud, nuestro pedido estará postergado en la larga lista de países en espera.

Una reciente declaración de un connotado epidemiólogo de la Johns Hopkins University, Caitlin Rivers, citado por el New York Times, es contundente para abrigar esperanzas y ser optimista, dentro de tanta pesadumbre: “Las cinco vacunas, con resultados públicos, han eliminado muertes y han reducido drásticamente las hospitalizaciones”. Ahora, que ya se tiene la solución contra el virus, la clave estará en agilizar la logística y los procesos de vacunación masiva en todo el planeta para evitar que muchas más vidas se pierdan. No hay lugar para las “selfies” de los políticos.

El Estado boliviano, si deja de lado la politiquería, puede aprovechar la experiencia logística que se tiene con otras vacunas, y otros productos que precisan cadena de frío, y junto a organizaciones civiles y empresas privadas del sistema de salud o no, aplicar la vacuna —simultáneamente—, cubriendo un mayor territorio en menor tiempo, así sea en camiones refrigerados junto a los pollos.

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