Publicado en El Deber el viernes 23 de abril de 2021

En el Día Mundial del Libro quiero hacer una reseña de uno de los libros que más he disfrutado en los últimos tiempos. El libro que, como ya lo dijo Borges, es el más asombroso de los inventos humanos y una extensión de la memoria y de la imaginación, tiene en El infinito en un junco de la filóloga y novelista, Irene Vallejo (Zaragoza, 1979), el mejor ejemplo de esa sorprendente magia que, incluso confinado y cautivo por una pandemia, me ha permitido acompañar las vicisitudes de los Ptolomeos y la construcción de la inimaginable Biblioteca de Alejandría, los innumerables viajes, batallas y conquistas de Alejandro Magno, la intrincada historia de Cleopatra y Marco Antonio, las contingencias de Aquiles en Troya, y de otros tantos héroes y antihéroes antiguos que habitan en las páginas de este libro.

“Este es un libro sobre la historia de los libros. Un recorrido por la vida de ese fascinante artefacto que inventamos para que las palabras pudieran viajar en el espacio y en el tiempo. La historia de su fabricación, de todos los tipos que hemos ensayado a lo largo de casi treinta siglos: libros de humo, de piedra, de arcilla, de piel, de árboles y, los últimos llegados, de metal y luz”, dicen sus editores.

La explicación que un ensayo de 400 páginas sobre el mundo clásico y la invención de los libros, tenga, desde el momento de su publicación (septiembre de 2019), más de 150 mil ejemplares vendidos, 26 ediciones y traducciones en 30 lenguas, se debe a que la pasión de la autora por los libros y la lectura se respira en cada página, y en que ella además, ha sabido mantener un equilibrio perfecto entre erudición y divulgación. Con un sólido trasfondo histórico y filológico de la historia del libro antiguo, Vallejo apuesta por un encantador estilo fabulado. Esa voz de cuentista permite que el lector común y corriente disfrute y se conmueva de este homenaje al libro y se convierta en cómplice de una autora y lectora apasionada que lo seduce.

Vallejo es un fenómeno editorial porque ha tenido la habilidad de convertir lo personal en universal y al revés. Los aburridos académicos, con sus doctos ensayos, jamás se atreverían a decir cosas como las que Irene declaró en una entrevista: “Los papiros, los libros medievales, nacieron para ser placenteros. Les aplicaban oro y malaquita, y los príncipes de la época los acariciaban. Ahora una persona de mis orígenes puede hacerlo. En la literatura, siempre me ha interesado el cuerpo. Del mismo modo en que nuestro cuerpo cambia con una declaración de amor, un momento de miedo, o de hambre, el libro es el cuerpo de las palabras”.

En tiempos de reclusión, el placer de la lectura nos consuela, nos ayuda a sobrevivir, nos salva. La lectura de libros expande nuestro mundo. Este 23 de abril reconforta leer e imaginarse a Irene en una tierna escena descrita en su libro, e intentar reproducirla con nuestros hijos o nietos, o con nosotros mismos: “Mi madre me leía todas las noches, sentada en la orilla de mi cama. Ella era la rapsoda; yo, su público fascinado. El lugar, la hora, los gestos y los silencios eran siempre los mismos, nuestra íntima liturgia. Mientras sus ojos buscaban el lugar donde había abandonado la lectura y luego retrocedían unas frases atrás para recuperar el hilo de la historia, la suave brisa del relato se llevaba todas las preocupaciones del día y los miedos intuidos de la noche. Aquel tiempo de lectura me parecía un paraíso pequeño y provisional —después he aprendido que todos los paraísos son así, humildes y transitorios—”.

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