Publicado en El Deber el viernes 7 de mayo de 2021

El neologismo “infoxicación” se refiere a la sobrecarga informativa a la que estamos expuestos en esta era de la explosión digital, las redes sociales y las múltiples plataformas de comunicación virtual. Infoxicación es un acrónimo de intoxicación por exceso de información. Esta sobresaturación es difícil de procesar y puede producirnos ansiedad y angustia. Se la conoce también como “infobesidad”.

Una persona —común y corriente—, puede, literalmente, ser bombardeada por cientos de mensajes diarios, que no puede atender; y una avalancha de información, imposible de procesar. Son muchos los medios digitales a los que estamos expuestos y el temor a perder el hilo o desaprovechar temas que podrían convenir a nuestros intereses, nos incapacita para hacer un análisis eficiente de este ilimitado caudal informativo que nos aplasta.

Si además de tener un correo electrónico, somos parte de algunos grupos de WhatsApp, tenemos una cuenta de Facebook, otra de Twitter, y de vez en cuando, compartimos fotografías en Instagram, terminamos colapsados, con todo lo que ahí existe. Ya ni hablar, si a esto se le suma LinkedIn, YouTube, o Messenger. Si no sabemos administrar el uso de nuestro tiempo en las redes sociales, las veinticuatro horas del día son insuficientes para revisar lo que nos podría ser útil, y esta situación nos genera nerviosismo, malestar, angustia y una sensación de agobio por el “miedo a perdernos de algo”.

Esta enfermedad del siglo XXI nos puede paralizar o bloquear al no saber por dónde empezar a organizar y digerir todo lo que nos llega. En ocasiones, tampoco profundizamos en la comprensión de los textos y nos quedamos en la superficie, sin captar lo esencial. Las más de las veces, lo inmediato supera a lo importante. Guardamos información, “por si acaso”, pero es tan grande el volumen, que no tenemos tiempo suficiente para asimilarla, y el tener tantas lecturas pendientes, nos angustia.

La infoxicación nos impide profundizar en los temas que, de veras, nos importan. La cantidad se sobrepone a la calidad. Acumulamos más información de la que podemos gestionar y nos bloqueamos ante la incapacidad de interiorizarla. En casos extremos, las consecuencias pueden ser tan graves que mermen nuestra capacidad de concentración y nos provoquen un severo estrés emocional.

Algunas sugerencias para no terminar infoxicados: priorizando la credibilidad, debemos elegir 2 ó 3 fuentes principales de información, de lo temas que nos interesan. Hay que “sacrificar” el flujo informativo de dudosa calidad. Es necesario parar de leer a discreción y empezar a hacerlo de forma más crítica. Debemos ser capaces de contrastar, analizar y sacar nuestras propias conclusiones. Eliminar fuentes o contactos que nos apabullan con exceso de mensajes y cadenas poco creíbles. Salirnos de grupos que no nos aportan nada, y si esto no es posible, no intentar estar al día en lo que allí se publica. Crear listas en Twitter, que agrupen perfiles o temáticas afines.

Aunque parezca paradójico, la infoxicación genera desinformación. En lugar de estar actualizados sobre un tema, la saturación de contenidos nos impide tener certezas y nos confunde. La tentación actual es querer saberlo todo. La vacuna contra esta enfermedad, de la era digital, está en la habilidad de saber filtrar, organizar y consumir información de valor.

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