Publicado en El Deber el viernes 8 de octubre de 2021

Haciendo una excepción a mi confinamiento voluntario —aunque no parezca, seguimos en pandemia—, acepté la invitación del dramaturgo Oscar Barbery, y el domingo a las 20:00, ocupé una de las butacas del teatro de la Casa de la Cultura Raúl Otero Reiche para ver su comedia Hola, Lulú. En dónde te has perdido. Como le expresé en un chat a Oscarín, su texto tuvo la osadía de abordar un tema peliagudo, del que en la confianza que da la intimidad, todos hablan, juzgan y califican, pero que a la luz pública pocos se animan a quebrantar lo que podría ser “políticamente correcto” decir o escuchar.

Esta crítica y ácida comedia se zambulle desnuda —literalmente— en lo que se conoce como “la profesión más antigua del mundo”: la prostitución. Para decirlo simple: relaciones sexuales a cambio de dinero. Aunque esa simplicidad puede llevarnos al engaño, porque si bien es un oficio legal, su legitimidad está siempre en entredicho y contaminada por prejuicios y moralidades, que estigmatizan, discriminan y ponen en situación de vulnerabilidad a quienes la ejercen.

La obra, en una ingeniosa puesta en escena, reúne en la habitación de un motel a un supuesto guionista —impotente, solterón, entrado en años y que vive con su madre—, con una dama de compañía, que él concertó a través de los anuncios clasificados del diario. Más adelante, gracias a la habilidad narrativa del autor, se suman al escenario, en dos momentos secuenciales, dos amigas de la primera prostituta y hacen un cuarteto que, con parlamentos procaces y atrevidos, exponen sin tapujos, con poca ropa y a viva voz, testimonios y vivencias de este oficio del que se habla constantemente, pero en murmullos.

Sin caer en lo panfletario, el texto de Barbery en boca de este divertido, y al mismo tiempo, patético cuarteto, explora un fenómeno social que no siempre nos atrevemos a mirar. Como buena obra de arte, provoca la reflexión, cuestiona y sacude al espectador que, detrás de su barbijo, ríe, hace muecas, se entristece y no puede quedar indiferente frente a lo que sus ojos están presenciando.

De casualidad, cuando escribía esta columna, me llegó un reciente artículo de Arturo Pérez-Reverte, en el que analiza la esplendorosa sociedad griega del siglo V antes de Cristo. El escritor español señala que Atenas, gobernada por un hombre ilustre como Pericles, “se convirtió en una ciudad próspera y hermosa; una ciudad-estado que se regía por reglas democráticas con consultas populares, y que albergaba a grandes artistas…”. Cuando se refiere a las mujeres, escribe: “…la situación de las atenienses resulta curiosa. Paradójicamente, las que más derechos ciudadanos tenían eran las prostitutas, pues allí su profesión se consideraba socialmente útil. Los griegos las llamaban etairas; palabra que podía significar lo mismo puta profesional que compañera, amante o amiga. Menos prejuicios, imposible. Los hombres, o al menos los que podían permitírselo, las contrataban por razones no solo sexuales, las llevaban a fiestas, al teatro y cosas así (lo que hoy llamaríamos escort de lujo, no siempre con derecho a consumar la faena). Y había de todo, claro: señoras de diverso nivel y actividad social, de baja estofa y de tiros largos, según la clientela. Pero la clase superior de las que hoy conocemos como hetairas abundaba en mujeres educadas, independientes y que pagaban impuestos al Estado por los beneficios obtenidos. Ciudadanas ejemplares, o sea. Señoras, en fin, a menudo tan admiradas y respetables que incluso Pericles, el gran gobernante de Atenas bajo el que floreció aquella edad de oro griega, se casó con una de ellas. Aspasia, se llamaba la dama. Y cuentan los historiadores que era un trueno de señora”.

Barbery, cuya obra estará en escena todos los fines de semana de este octubre, nos lanza una provocación con su perdida Lulú. Anímense a entrar a este “telmo” para encontrarla o encontrarse.

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