Publicado en El Deber el 6 de mayo de 2022

La historia de un visitante en una universidad americana, del libro Misión Olvido, de María Dueñas, es muy parecida a la trama de El inquilino de Javier Cercas. Muchas veces la ficción se cruza con otra ficción o juega con la realidad de forma caprichosa. En ambas novelas se relata el intento de recuperar la memoria enterrada de un hombre a través de sus polvorientos bártulos. El tedioso proyecto académico consiste en desempolvar, recomponer y catalogar el legado y la memoria de un docente universitario a través de sus cartas, ensayos, recortes de prensa, recopilaciones, investigaciones, artículos, libros, reseñas, archivos y papeles varios. Por la temporalidad en la que se sitúan las historias, en ambos casos, casi todo el material a explorar es tangible, palpable, impreso en el soporte físico de la época: papel en sus diversas formas.

Pasando a limpio una de las entradas, que forman parte de un diario que publicaré próximamente, reproduzco una conversación virtual que tuve con dos de mis mejores amigos. En esa ocasión, en medio del confinamiento rígido, conversábamos sobre la huella o sombra digital que dejamos como rastro al navegar en Internet. Uno de ellos, manifiesta que no tiene mayores problemas en que su información personal pueda ser accesible en el mundo virtual. Es más, cree que de esa manera le llegan datos y ofertas de acuerdo a sus intereses y le permiten ampliar y profundizar en temas y actividades que le gustan. El otro, más discreto y cuidadoso con la información personal que comparte, siempre busca mecanismos tecnológicos para resguardar la privacidad de sus datos. Podría decirse que yo me muevo entre medio de esos extremos.

Este rastro —bien actual—, derivado de la interacción entre usuarios y las tecnologías digitales existentes, se genera —voluntaria o involuntariamente— cuando se utilizan dispositivos y se accede a las diversas aplicaciones. En este caso, la estela que queda como un vestigio de nuestro paso es intangible, impalpable, virtual, casi etérea.

Antes, para enviar y recibir mensajes, el género epistolar era el predominante. Analizar los contenidos de las cartas —íntimas y personales— que testimonian posturas estéticas y políticas, e incluso leerlas como manifiestos vivos, las convierte en uno de los ingredientes más importantes para reconstruir el legado y la memoria de una persona. Las cartas, junto a todos los otros documentos impresos, son los naturales insumos para la recuperación del pensamiento. En la actualidad, salvo excepciones, la comunicación interpersonal es totalmente digital: correos electrónicos y mensajería instantánea.

Si quisiéramos reconstruir la vida de un personaje contemporáneo, a través de sus comunicaciones, tendríamos que leer toda la huella digital que ha ido dejando. En este presente —y no sabemos qué más vendrá en el futuro—, los chats, correos electrónicos, documentos digitales, carpetas, registros y huellas digitales equivalen a los papeles y correspondencias del pasado.

¿Se pueden imaginar todo lo que descubriría un investigador si tiene acceso a nuestros chats (SMS, Facebook Messenger, Telegram, Wechat, WhatsApp, Mensajes Directos de Twitter, etc.), correos electrónicos o carpetas de nuestros dispositivos electrónicos (celulares, computadoras, tabletas, etc.)?

¡Agarrate Catalina!

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s