Rafael Sagárnaga
Queridos epistológrafos,
En días como estos empiezo medir mi vida no en años, sino en mundiales futboleros. Por algún extraño capricho, siento la profundidad de los cuatrienios. Este es mi Mundial número 16. Mi memoria guarda imágenes vivas de todos, excepto, por razones de extrema minoría de edad, las de Chile 1966.
De México 70, recuerdo las transmisiones radiales, pero, especialmente, lo que vi en un documental que, semanas más tarde, llegó a los cines: la goleada brasileña a Italia en la final con esa vuelta olímpica donde aparece Pelé alzando un sombrero de charro, y la increíble tapada, “de palo a palo”, del uruguayo Ladislao Mazurkiewicz. Probablemente, por eso, siempre le he tenido cariño a la verdeamarela, al juego bonito. Y siempre admiro el desempeño de esos fuera de serie de 11 que son los arqueros.
De México 70, tampoco olvido el reencuentro de mi familia. Mi papá, un médico becario muy jovencito, recibiéndonos con un café de sabor igualmente inolvidable, allí en Cali, Colombia, justo en días mundialeros. Por eso también, seguramente, siempre sueño, con una Colombia, por lo menos finalista. Si lo habré sentido en Italia 90, cuando le pintaron la cara a los alemanes. Sólo esa vez grité goles no bolivianos espontáneamente.
Y así, de Alemania 74, recuerdo, por ejemplo, la tremenda expectativa que despertó un anuncio en Canal 7 – TV Boliviana: “Esta noche, con apenas 16 horas de diferencia, transmitiremos el partido inaugural de la Mundial de Fútbol, gracias a un esfuerzo sin precedentes de…”. Brasil – Yugoslavia, casi a las 00.00, con permiso especial para estar despierto. ¡Cero a cero! Y yo que juraba que Rivelino y los suyos iban a dar “show de bola”.
El mundial de esa Argentina a la que “la naranja mecánica” (Holanda) goleó 4 x 0 en GelsenKirchen e inspiró un cruel titular de El Gráfico. Era una foto, a toda página, del arquero argentino parado en medio de su marco donde escribieron: “El cuarto palo del arco”. No eran en las calles paceñas tampoco tiempos muy alegres. Los abuelos, los tíos, los papás de aquellos escolares en funciones que ya éramos siempre daban recomendaciones para no hablar demás… había dictaduras.
Dictaduras que se hicieron más notorias para el Mundial Argentina 78, cuando ya llegaban partidos en directo y en televisión a color. Recuerdo a mi familia rodeando ese carísimo bodoque, burlándonos de los apellidos de los jugadores polacos o húngaros y riendo hasta llorar. Ese aparato que mi hermana casi hizo volar con un corto circuito bordeando una catástrofe hogareña. Sin embargo, la catástrofe total fue la impensable goleada argentina (6×0) al mejor Perú de todos los tiempos que sacó de la final a Brasil. Entonces, finalista (y luego campeona) fue Argentina, más todas las teorías sobre cómo una dictadura puede evitar que haya campeones incómodos. ¿Fue a plan de pistola o de plata?
Y sucesivamente, cada cuatrienio, recuerdos más marcados en días mundialeros. Para España 82 se habían acabado el colegio… y las dictaduras. Se despidió el mejor Brasil sin corona, el de Zico, y se coronó la mejor Italia, la de Paolo Rossi. Cuando México 86 ya vivía solo, muy lejos de casa, en tierras benianas. Recuerdo, para mí, la mejor Argentina de todos los tiempos, la que le ganó a Inglaterra. Y no acepto discusiones sobre ese veredicto.
En Italia 90, lo dicho, me volví colombiano, pero también fan de Camerún. Esa selección inolvidable que aún me hace ilusionar con ver, algún día, un campeón africano. Ah. Entonces ya tenía esposa y había vuelto a La Paz para ser burócrata. EEUU 94, lo vivimos tanto y todos en Bolivia que tengo amigos que hablan de “esos años en que fuimos felices”. Creo que nos importó poco el doloroso despido a Maradona, la caída colombiana o el tetracampeonato de Brasil. Fue nuestro mundial, me vale si con un solo punto y un solo gol en la bolsa.
Francia 98 me sabe a uno de los mundiales más desabridos y lóbregos. Muy probablemente sea porque fue el último que mi padre vería, y a desgano. Y aunque recuerdo varias escenas de partidos, también siento insípido al Mundial de Corea-Japón del 2002, con el penta de Brasil incluido. Y nosotros, mi familia de tres, con pretensión de emigrantes rumbo al sueño europeo que optamos por mejor tomarlo como una mediana vacación. En ese tiempo todos querían ir a ganar euros, pues.
Así cada mundial con los hitos claros de la vida, no como pasa con medidas más cortas de tiempo. Alemania 2006, con el cabezazo de Zinedine a Materazzi en la final. Acá el Evo en su gloria, y en casa yo (me tocaba) contándole de los mundiales del pasado a Uma, mi hijo. Sudáfrica 2010, la hiper celebración de Iker Casillas transmitida en primer plano. Yo nuevamente trabajando lejos de La Paz y el país soñando en que la bonanza sería eterna. La catástrofe brasileña del 2014 que vi junto a estudiantes brasileños en un restaurante cochabambino.
Todo, todo hasta la Argentina “messianica” de los dos últimos mundiales y del que está por empezar. Todo en el marco de las dictaduras “epsteinianas” de don Donald y la emergencia de una China ultramoderna que también quiere más fútbol. A días, que parecen horas, de que vuelva a activar mi retina en modo de archivo de largo plazo, sin duda, bajo drones camarógrafos. Mientras Uma vive en La Paz, justo en medio de un cerco y una crisis como hitos de contexto del nuevo cuatrienio mundialero. ¿Cuántitos más me quedarán?