(Discurso de presentación del libro «Extinguirnos. Un ensayo para nuestro futuro» de Mariana Ruiz Romero)
Confieso que cuando Mariana me pidió comentar este libro, tuve una sospecha inmediata: que me estaba invitando, con bastante elegancia, a participar de nuestra propia autopsia como especie.
Porque Extinguirnos no es un ensayo cómodo. No viene a acariciarnos el ego evolutivo ni a repetir esa vieja idea de que el ser humano es la coronación gloriosa de la creación. Todo lo contrario. Mariana nos pone frente al espejo y nos dice, con lucidez, ironía y preocupación genuina: miren bien a la criatura que creen ser.
Y ahí empieza el problema.
Muy temprano en el libro aparece una frase demoledora: “Somos una extinción en movimiento”.
La frase podría haber sido escrita con sirenas, fuego y música apocalíptica. Pero Mariana hace algo mucho más inteligente: la escribe con calma. Como quien describe una evidencia.
Y ese es uno de los grandes méritos de este texto: no necesita exagerar. La realidad ya es suficientemente inquietante.
La autora puede hablar del Antropoceno y, en la siguiente línea, mencionar TikTok o unas alitas de pollo. Y no es un capricho estilístico. Es una forma de recordarnos que el problema no está “allá afuera”. Está acá. Somos nosotros.
Estas páginas hablan de biodiversidad, pesticidas, especies invasoras, ultraprocesados, contaminación lumínica, plásticos, enfermedades modernas y extinciones masivas. Pero, en el fondo, hablan de otra cosa: de nuestra desconexión.
Desconexión con la naturaleza.
Con el alimento.
Con el tiempo biológico.
Con el silencio.
Con la oscuridad.
Y quizás también con nuestra propia fragilidad.
Mariana tiene una habilidad poco común: puede pasar de Rachel Carson a TikTok, de los mamuts al packaging, de Jurassic World al DDT, de las luciérnagas a los algoritmos. Y el resultado no es un collage caótico, sino una conversación inteligente, profundamente contemporánea.
Hay pasajes difíciles de olvidar.
Cuando escribe: “No hay, ahora, lugar donde no hayamos colocado una cámara, una bala, un cuchillo” , uno entiende que el ensayo no está acusando solamente a gobiernos o grandes corporaciones. También nos está hablando a nosotros. A nuestra fascinación por poseer, consumir, registrar, exhibir.
Y Mariana lo hace sin moralina. Eso también hay que decirlo. El libro no se sube a un pedestal ético a repartir culpas. Más bien funciona como un inventario brutal de lo que somos capaces de hacer… incluso cuando creemos estar progresando.
Hay una parte que me impresionó especialmente: la reflexión sobre el plástico.
Mariana recuerda algo que parece obvio y, sin embargo, vivimos negándolo todos los días: el plástico no desaparece. Solo deja de verse.
Y mientras deja de verse, entra en el océano, en los peces, en nuestros cuerpos, en nuestras gónadas —como ella escribe con humor incómodo y precisión científica— hasta convertirse en una marca material de nuestro tiempo.
Extinguirnos no viene a tranquilizarnos ni a ofrecernos soluciones fáciles. De hecho, plantea una hipótesis bastante inquietante: que nuestra desaparición no será espectacular, sino lenta, gradual, marcada por cosas tan cotidianas como la infertilidad, la contaminación o nuestros propios hábitos.
Y es admirable cómo logra mezclar divulgación científica, cultura pop, referencias literarias y observación cotidiana sin perder claridad ni ritmo narrativo.
Porque este libro, además, está muy bien escrito. Y eso importa. Mucho.
Vivimos rodeados de información ambiental, cifras alarmantes, documentales, gráficos y titulares catastróficos. Pero la información sola no transforma nada. Lo que transforma es la capacidad de convertir conocimiento en relato. Y Mariana sabe hacerlo.
Hay inteligencia en estas páginas, sí. Mucha. Pero también hay voz. Una voz reconocible. Una voz que piensa mientras escribe.
Y quienes seguimos desde hace años el trabajo literario, periodístico y ensayístico de Mariana Ruiz sabemos que eso no apareció de casualidad. Hay detrás una trayectoria sólida, coherente y profundamente curiosa. Mariana pertenece a esa rara categoría de autores que no escriben para llenar espacio, sino porque necesitan entender el mundo mientras lo narran.
Eso se nota en sus columnas, en sus ensayos y en su manera de conectar ciencia, cultura y vida cotidiana. Tiene rigor, humor y una capacidad muy poco frecuente para detectar contradicciones humanas.
Además, posee algo esencial para una ensayista: sabe leer. Y se nota en cada página.
Este libro conversa con Harari, Rachel Carson, Leakey, Marvin Harris, Gurdjieff, Douglas Adams, Jared Diamond y muchos otros autores, pero nunca pierde identidad propia. Mariana no cita para exhibir erudición. Cita para pensar mejor.
Y quizás por eso el libro consigue algo muy difícil: hacernos sentir parte del problema… sin expulsarnos completamente de la esperanza.
Porque, aunque el panorama que describe es inquietante, el epílogo abre otra posibilidad. Mariana recuerda que todavía existen políticas ambientales útiles, recuperación de ecosistemas, iniciativas de conservación y acciones colectivas posibles.
Y entonces aparece una frase final que funciona casi como una interpelación moral:
“¿Qué vas a hacer tú, tripulante? El timón está en tus manos”.
Me gusta mucho que use la palabra “tripulante”. Porque esa palabra elimina jerarquías.
No somos dueños de la nave.
No somos dioses.
No somos conquistadores galácticos.
Somos apenas pasajeros conscientes en una piedra húmeda flotando en el espacio.
Y tal vez ahí radique la mayor virtud de este ensayo: devolvernos una escala más humilde.
En tiempos donde el mundo premia el ruido inmediato, Mariana se tomó el trabajo de escribir un ensayo que obliga a detenerse, pensar y mirar alrededor con otros ojos. Y eso, hoy, ya es una forma de resistencia cultural.
Quisiera cerrar con una idea simple.
Hay libros que informan.
Hay libros que entretienen.
Y hay libros —los menos— que te obligan a mirarte distinto después de leerlos.
Este es uno de esos.
Así que gracias, Mariana.
Por este libro.
Por incomodarnos.
Por hacernos preguntas difíciles.
Y, sobre todo, por recordarnos que todavía estamos a tiempo de hacernos cargo.