Artículo publicado en la revista COMUNEXO del Colegio de Profesionales en Comunicación

La otra tarde, en una cafetería de esas donde el café es caro y el wifi es gratis —una ecuación sospechosa—, me encontré con un viejo conocido. De esos que uno reconoce más por el gesto que por el nombre. Nos saludamos sin pasado en común, apenas con educación, y, sin mucho preámbulo, me soltó: “Te leo los viernes, pero a veces no estoy de acuerdo con vos”.

Lo dijo sin agresividad, casi con pudor, como si disentir fuera una falta de educación. Yo sonreí. Le respondí algo que me salió sin pensarlo demasiado: “Si estuvieras siempre de acuerdo, entonces estoy escribiendo mal”.

Se quedó en silencio unos segundos. No incómodo, sino pensativo. Y ahí pasó algo interesante: la conversación cambió de tono. Dejamos de intercambiar frases y empezamos a cruzar ideas. No intentábamos convencernos; intentábamos entendernos. Y en ese tránsito —breve, imperfecto, humano— ocurrió lo único que realmente vale en la comunicación: algo nos movió un centímetro del lugar en el que estábamos.

Ese centímetro es todo.

Porque comunicar no es hablar bonito ni escribir con ritmo. No es acumular likes, ni provocar aplausos en cadena, ni siquiera tener razón. Comunicar, de verdad, es incidir. Es decir algo que haga ruido —no escándalo— en la cabeza del otro. Algo que incomode lo justo, que despierte una duda, que deje una astilla.

Vivimos en una época donde la comunicación abunda, pero la incidencia escasea. Opinamos de todo, a toda hora, en todos lados. Emitimos como si la vida fuera una cabina de radio abierta las 24 horas. Pero, paradójicamente, cada vez influimos menos. Hablamos mucho y tocamos poco.

Quizás porque confundimos visibilidad con impacto. Creemos que llegar a muchos es lo mismo que llegar hondo. Y no. Una frase que no deja huella es apenas ruido bien articulado.

La comunicación que incide no grita: se filtra. No atropella: persuade. No busca tener la última palabra: busca abrir la siguiente pregunta. Y, sobre todo, no subestima al otro. Parte de una premisa básica y revolucionaria: el otro piensa.

En tiempos de consignas rápidas y certezas prefabricadas, incidir exige paciencia. Exige matices. Exige aceptar que el otro puede no cambiar de opinión, y aun así, haber sido tocado. Porque incidir no siempre se ve en el instante. A veces es una semilla que germina cuando uno ya no está mirando.

Aquella conversación en la cafetería no cambió el mundo. Ni siquiera cambió nuestras posturas. Pero nos cambió levemente a nosotros. Y eso, en estos tiempos, ya es bastante.

Al final, comunicar no es llenar el aire de palabras. Es lograr que, en medio de tanto ruido, alguien haga una pausa… y piense.

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