Alfonso Cortez

¡Amigos mundialistas!

Y finalmente comenzó la fiesta.

Confieso que la ceremonia inaugural me pareció más modesta de lo que uno espera de un Mundial. No hubo el despliegue tecnológico de Catar ni la grandilocuencia a la que la FIFA nos tiene acostumbrados.

Quizás porque esta Copa será tan gigantesca que ni siquiera su fiesta de apertura pudo abarcarla. Un estadio repleto, algunas canciones, miles de camisetas verdes, grandes sombreros mexicanos y una ciudad que, por tercera vez en la historia, tuvo el privilegio de abrirle las puertas al fútbol mundial.

Entre otros grandes, estuvo Shakira en el escenario. Pero la verdad sea dicha: ya está lejos de aquella Shakira del Waka Waka que puso a bailar al planeta en Sudáfrica 2010. No es una crítica; es una constatación biológica. Han pasado ya dieciséis años. Ella cambió, nosotros también y, sospecho, algunos de los que cantábamos aquel estribillo hoy necesitamos más la memoria que la coreografía.

Tampoco México deslumbró. Pero a veces los anfitriones no necesitan deslumbrar; les basta con cumplir. El 2-0 frente a Sudáfrica rompió un viejo maleficio: después de décadas inaugurando Mundiales sin ganar el partido inaugural, por fin pudo celebrar una victoria propia en la fiesta que organizaba. No fue una exhibición memorable, pero sí una inauguración eficaz, suficiente para que la pelota echara a rodar sin sobresaltos.

Y como suele ocurrir en el fútbol, la historia más poderosa quizá no estuvo en el resultado. El segundo gol mexicano fue obra de Raúl Jiménez, que a sus 35 años anotó por primera vez en una Copa del Mundo. Lo dedicó a su padre, fallecido hace apenas tres meses, con quien había compartido durante años el sueño de verlo marcar en un Mundial.

Hay algo profundamente simbólico en los detalles: Jiménez juega con un protector craneal desde aquella gravísima lesión sufrida en Inglaterra en 2020, cuando muchos médicos dudaron incluso de que pudiera volver a las canchas. Y fue precisamente con un remate de cabeza que llegó el gol que le había prometido a su padre. Un gol marcado con la misma parte del cuerpo que alguna vez puso en duda su carrera. Después señaló al cielo. No parecía una celebración. Parecía una conversación pendiente.

El Mundial acaba de empezar. Ya habrá tiempo para las estadísticas, las polémicas arbitrales y las predicciones fallidas. Mi primer recuerdo, en cambio, será el de un hijo mirando al cielo después de marcar un gol. Porque los Mundiales comienzan con ceremonias, fuegos artificiales y discursos. Pero permanecen en la memoria gracias a historias como esta.

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