Alfonso Cortez

Publicado en El País el lunes 22 de junio de 2026

Queridos cartógrafos, todos originarios del continente africano:

Mientras medio planeta sigue contando goles de Messi (¡qué fenómeno es este enano!), Mbappé o Yamal, yo llevo varios días mirando hacia otro lado. Más precisamente, hacia África.

No es una ocurrencia repentina. Hace unos días Jesús Cantín se preguntaba cómo era posible que un continente con más de mil millones de habitantes nunca hubiera producido un campeón mundial. La pregunta me quedó dando vueltas. Y cuanto más veía este Mundial, más sospechaba que quizás estaba mal formulada.

Porque tal vez el primer campeón africano ya existe. Solo que todavía juega para otros.

Ninguna selección africana ha llegado jamás a una final de la Copa del Mundo. La mejor actuación sigue siendo la de Marruecos en Catar 2022, cuando alcanzó las semifinales y terminó cuarta. Antes estuvieron el Camerún de Roger Milla en 1990, el Senegal de 2002 y la Ghana de 2010, que se quedaron a un paso de la gloria en cuartos de final.

Y, sin embargo, uno tiene la sensación de que África lleva años golpeando la puerta.

Este Mundial lo confirma.

Marruecos ya no resulta una sorpresa. Costa de Marfil llegó como campeona africana. Senegal continúa produciendo futbolistas con una regularidad admirable. Cabo Verde, con apenas medio millón de habitantes, sigue comportándose como ese invitado que nadie esperaba en la fiesta y termina bailando mejor que los anfitriones. Ghana, Congo, Sudáfrica, Egipto, Argelia y Túnez también han dejado señales de crecimiento.

El talento está ahí. Lo curioso es que una parte importante de ese talento también aparece en otros vestuarios.

Mientras observaba las alineaciones europeas, tuve la sensación de estar hojeando un viejo atlas colonial. Francia es el ejemplo más evidente. Muchos de sus futbolistas tienen raíces familiares en Argelia, Marruecos, Malí, Senegal, Camerún o Costa de Marfil. Pero el fenómeno no termina ahí. Bélgica, Países Bajos, Portugal, Inglaterra y Alemania también cuentan con jugadores cuyas historias familiares comenzaron mucho más al sur del Mediterráneo.

Y ocurre algo todavía más interesante. Muchas selecciones africanas están compuestas por futbolistas nacidos en Europa que decidieron representar la tierra de sus padres o de sus abuelos. El resultado es un hermoso enredo identitario en el que las fronteras parecen menos importantes que la memoria familiar.

Hace unos días escribía que las selecciones ya no parecen países, sino mapas. Quizás África sea el mejor ejemplo de ello. Porque cuando Francia gana un Mundial, África celebra una parte de esa victoria. Y cuando Marruecos llega a semifinales, media Europa descubre que algunos de sus hijos juegan para otro continente.

El fútbol moderno se parece cada vez más a una gran conversación familiar repartida entre varios pasaportes.

Por supuesto, todavía persisten diferencias: las grandes potencias europeas cuentan con mejores estructuras, ligas más fuertes, centros de formación más desarrollados y recursos económicos infinitamente superiores. Pero cada Mundial parece reducir un poco esa distancia.

Y, además, existe algo difícil de medir en las estadísticas. Los equipos africanos conservan cierta capacidad de asombro. A veces da la impresión de que algunos de sus futbolistas todavía no han sido completamente aplacados por los analistas tácticos, los algoritmos, los laboratorios de datos y los gurús del rendimiento. Todavía intentan gambetas absurdas cuando todos aconsejan un pase seguro. Todavía juegan algunos minutos como si recordaran que el fútbol nació para divertirse.

No sé si veremos a Marruecos, Senegal, Cabo Verde o Costa de Marfil levantar esta Copa. Probablemente todavía falte un poco. Pero sospecho que la pregunta ya no es cuándo llegará el primer campeón africano. La pregunta es si sabremos reconocerlo cuando aparezca. Porque tal vez lleve años acercándose. Tal vez ya haya levantado alguna copa vestido de azul francés o de blanco alemán.

Y quizás el día en que una selección africana conquiste finalmente el Mundial no estemos asistiendo a una sorpresa. Llegaremos tarde a una historia que comenzó hace mucho tiempo.

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