Alfonso Cortez
Publicado en El País el jueves 25 de junio de 2026
Queridos coleccionistas de detalles:
Quienes hayan leído mi libro Pasión inútil saben que siempre he sospechado que las cosas aparentemente inútiles suelen ser las más importantes. Quizá por eso, mientras todos discuten quién clasificará a los dieciseisavos, yo acabé fijándome en asuntos bastante menos importantes. O, justamente por eso, mucho más interesantes.
Descubrí, por ejemplo, que el próximo campeón del mundo deberá disputar ocho partidos. Ocho. Antes bastaban siete. La FIFA decidió que levantar la Copa también requiere horas extra.
No parece gran cosa. Es apenas un partido más. Claro que, dentro de algunos años, veremos a futbolistas celebrando el título con la misma expresión que quien acaba de terminar un Ironman.
También me di cuenta de una ausencia.
¿Alguien recuerda las mascotas de este Mundial?
Yo crecí en una época en la que las mascotas parecían tan importantes como los goleadores. Juanito, Naranjito, Gauchito, Ciao, Striker, Fuleco, Zakumi… algunas terminaron siendo más memorables que varios campeones.
Esta vez hay tres: Maple, Zayu y Clutch. ¡Tres!
Si mañana desaparecieran, la FIFA tardaría un par de días en darse cuenta.
Otra noticia inolvidable anunciaba que durante el partido entre Brasil y Escocia aparecerían naves espaciales para llevarse a algunos jugadores. Incluso una de nuestras cartógrafas mundialistas tenía información de primera mano y me aseguró que había llegado la hora de nuestra extinción.
Los extraterrestres no llegaron. Brasil sí. Ganó, goleó y clasificó.
Aun así, debo reconocer que los únicos extraterrestres que eché de menos fueron los brasileños de otras épocas. Aquellos que hacían cosas incompatibles con la anatomía humana: Ronaldinho sonreía antes de inventar un pase, Ronaldo —el fenómeno— parecía jugar con otra ley de la gravedad, Rivaldo encontraba ángulos reservados para físicos teóricos. Hoy Brasil juega bien, pero ya parece un equipo más terrícola.
También han desaparecido otras especies: las vuvuzelas, que parecían anunciar el Apocalipsis, quedaron confinadas a los museos del ruido; los árbitros completamente vestidos de negro se extinguieron; y el grito de gol ya no termina cuando entra la pelota, sino cuando el VAR concede permiso para festejar.
Hasta los álbumes Panini envejecieron con nosotros. Antes se completaban cambiando figuritas durante el recreo. Hoy se completan en grupos de WhatsApp donde señores con lentes progresivos negocian, con una solemnidad admirable, un volante suplente de Bosnia y Herzegovina por dos defensores de Uzbekistán.
Las cámaras de la señal televisiva oficial ya no buscan solo al goleador: buscan al influencer, al streamer o al famoso de turno en la tribuna. Y hablando de cámaras: hasta los árbitros tienen cámaras y micrófonos en la cabeza.
Como nunca antes, he visto futbolistas que juegan con máscaras, cascos protectores, chalecos con GPS y sensores. Cada vez se parecen más a pilotos de Fórmula 1.
Los Mundiales también envejecen. Cambian los formatos, las tecnologías, los héroes y las costumbres. Pero conservan una rara capacidad para hacernos perder el tiempo observando asuntos perfectamente inútiles. Y esa sigue siendo una de las mejores razones para quererlos.
Al final, los Mundiales no solo se recuerdan por quienes levantan la Copa. También por una mascota olvidada, una vuvuzela insoportable, un álbum Panini incompleto o una falsa invasión extraterrestre.
Los campeones cambian. La memoria, en cambio, suele quedarse con las pequeñas pasiones inútiles.