Alfonso Cortez

Publicado en El País el miércoles 1 de julio de 2026

Durante dieciocho años, Anisia Maocha respondió la misma pregunta una y otra vez.

—¿De dónde sos?

—De Cabo Verde.

Y casi siempre venía el silencio. O la confusión. Más de uno pensaba que era brasileña. Otros jamás habían oído hablar de su país. Tocaba buscar un mapa, explicar que se trata de un pequeño archipiélago frente a la costa occidental de África.

Hoy ocurre exactamente lo contrario.

Anisia trabaja en Alto Tostado, en Santa Cruz de la Sierra, y desde que comenzó el Mundial casi todos quieren hablar con ella.

Cabo Verde debutó en una Copa del Mundo, empató con España y puso a un país de apenas medio millón de habitantes en la conversación de millones de personas.

«Todos los caboverdianos estamos felices y orgullosos», me dijo sonriendo. «Por fin la gente sabe que existimos.»

Llegó a Bolivia hace dieciocho años para estudiar en la universidad, en Cochabamba. Terminó quedándose. Confiesa que el viernes su corazón irá con Cabo Verde, aunque su pronóstico sea una derrota por 1-0 frente a Argentina. «Soy soñadora, pero también realista», dice.

Y ahí está una de esas pequeñas historias que rara vez aparecen en las transmisiones deportivas: un Mundial no solo cambia la vida de los futbolistas. También ilumina lugares, banderas e identidades que hasta ayer pasaban inadvertidos.

Durante noventa minutos, la isla natal de Anisia dejó de ser un punto perdido en el Atlántico para convertirse en un nombre que medio planeta aprendió a pronunciar.

A veces, el fútbol también sirve para eso.

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