Alfonso Cortez

Publicado en El País el sábado 4 de julio de 2026

Queridos mufados mundialeros:

Hoy empiezan los octavos de final. El Mundial ya no admite distracciones. Quedan dieciséis selecciones y cada partido empieza a parecerse un poco a una final.

Y cuando un Mundial llega a esta altura, las tácticas ya no alcanzan. Salen a la cancha los psicólogos, los rezos… y las cábalas.

Habrá futbolistas que entrarán al vestuario con el mismo pie de siempre, técnicos que repetirán el saco que les dio suerte, hinchas que volverán a ocupar exactamente el mismo asiento y algún desdichado que seguirá usando una camiseta con cuarenta grados de olor a triunfo porque jura que desde que dejó de lavarla su selección no pierde.

Entonces aparece la mufa, esa palabra tan rioplatense que todos los futboleros entendemos sin necesidad de un diccionario.

Es el momento ideal para hablar de ella.

Lautaro Martínez corrió hacia el banderín después de marcar su primer gol en un Mundial y no pareció celebrar: pareció exorcizarse. En su noveno partido mundialista, después de años de goles en Italia, títulos, finales y estadísticas respetables, el Toro por fin convirtió en una Copa del Mundo.

Entonces hizo ese gesto que se volvió viral: como quien se sacude un bicho invisible, una mala sombra, una deuda pegada al cuerpo. Lautaro no se quitaba el sudor. Se sacaba la mufa.

El fútbol está lleno de estas pequeñas religiones privadas. En mi cuento ¿Cabalero, yo? escribí que “el universo cabalero en el fútbol es inmenso” y que jugadores e hinchas intentan ahuyentar sus miedos con rituales que, supuestamente, les ayudan a conseguir resultados. También decía allí que “las cábalas apuestan a la repetición” y que sirven para recuperar la sensación de control cuando todo a su alrededor parece azaroso.

Las cábalas y las mufas son primas, pero no hermanas.

La cábala mira hacia el futuro: “si hago esto, todo saldrá bien”. La mufa mira hacia el pasado: “siempre me pasa lo mismo”.

Un delantero puede hacer goles en todos lados, ser figura en Europa, levantar copas, sobrevivir a críticas, lesiones y suplencias. Pero si no anota en un Mundial, la estadística empieza a convertirse en un fantasma. Y los fantasmas en el fútbol pesan más que los defensores centrales.

Hoy el fútbol lo cuenta todo: kilómetros recorridos, pases acertados, asistencias, remates, goles esperados, calorías, pulsaciones y hasta la cantidad de veces que un jugador se acomoda las medias. Dentro de poco alguna inteligencia artificial calculará el porcentaje de efectividad de santiguarse antes de patear un penal.

Pero también cuenta las deudas. Y una deuda repetida durante nueve partidos deja de ser un dato. Se convierte en condena.

Por eso el gesto de Lautaro fue tan poderoso. No celebró solamente un gol. Celebró dejar de deberlo.

Todos tenemos una mufa privada. El libro que no terminamos. La llamada que postergamos. La frase que nunca nos sale. El proyecto que arranca y se cae. La enfermedad que amenaza con volver. El miedo que nos sigue aunque ya hayamos ganado otros partidos.

A veces creemos que queremos meter un gol. En realidad queremos dejar de escuchar esa vocecita que nos recuerda todo lo que todavía no hemos conseguido.

Durante los próximos cuatro días veremos penales, lágrimas, abrazos, milagros y supersticiones haciendo horas extra. Algún técnico volverá a usar la misma corbata. Algún hincha cambiará de lugar porque el gol llegó justo cuando iba a buscar otra cerveza. Y algún delantero, como Lautaro, descubrirá que la peor marca no era la del zaguero.

Era la que llevaba en la cabeza.

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