Alfonso Cortez
Publicado en El País el jueves 9 de julio de 2026
En octavos de final, Lionel Messi falló un penal frente a Egipto cuando el partido aún estaba igualado. En cuartos de final, Kylian Mbappé desperdició otro ante Marruecos. Los dos máximos goleadores de esta Copa del Mundo descubrieron, en el momento más decisivo, que ni el talento ni la experiencia inmunizan contra la duda.
Hay algo fascinante en esos pocos segundos previos a un penal. El estadio contiene la respiración, el arquero intenta adivinar el futuro y el ejecutante carga, en apenas once metros, con el peso de un país, de una carrera o de un destino. El fútbol deja de ser vértigo y se convierte en silencio.
En el libro “Desde la línea de cal” dediqué una sección a esos instantes suspendidos, cuando una decisión de apenas un segundo puede cambiar una vida entera.
Después de los penales fallados por Messi y Mbappé, me pareció un buen momento para compartir uno de esos relatos.
Penal suspendido
El árbitro lo había cobrado. El delantero tenía la pelota en la mano. El arquero, quieto sobre la línea, con los brazos extendidos, parecía una estatua crucificada por la incertidumbre. Las tribunas vibraban.
Desde la cabina, con voz ronca y exaltada, el relator sentenció:
—¡Y atención, que aquí se define el campeonato!
Pero el penal… nunca se pateó.
Pasaron segundos. Luego minutos. Después, medir el tiempo dejó de tener sentido; parecía haberse congelado en el aire. El ejecutor —un «9» de apellido irrelevante— plantó el balón, dio tres pasos hacia atrás, respiró hondo… y no se movió más.
No era solo miedo. Era algo más hondo, más espeso que el miedo. Una grieta indescifrable se abría entre el ahora y el después. Como si en ese instante hubiera entendido que patear ese penal lo cambiaría todo.
Sintió que estaba a punto de cruzar una puerta sin retorno. Ese disparo definiría no solo el partido, sino el rumbo entero de su vida.
Si hacía el gol, su equipo sería campeón. Sería ídolo. Tendría una estatua, una calle con su nombre, camisetas con su firma. Pero la gloria arrastra consigo sombras: presión, contratos, lesiones… y el olvido.
Y si lo fallaba…
Si lo fallaba, cargaría esa cruz el resto de su vida. Sería meme, chiste de sobremesa, video viral, nota en programas de nostalgia deportiva.
El árbitro silbó. Una vez.
Después otra.
El jugador no se movió.
El estadio comenzó a inquietarse. Algunos abucheaban. Otros, como alentando a un equilibrista que duda frente al abismo, rompían en aplausos.
El relator, incrédulo, se rindió ante lo absurdo:
—Esto no se vio jamás. El tiempo se detuvo.
Literalmente.
Y de algún modo, fue cierto.
El tiempo dejó de latir. Los segundos dejaron de contar. Las sombras dejaron de alargarse. El sol quedó clavado sobre el punto penal. La red dejó de moverse con el viento. Nadie se atrevía a toser, a parpadear, a mirar el celular, como si el más mínimo gesto pudiera romper el hechizo de ese instante suspendido.
El delantero seguía ahí. Con los ojos clavados en el balón. El arquero, que al principio estaba firme, empezó a perder la paciencia. Gritó, insultó, golpeó los guantes entre sí. Nada. Hasta que también se quedó quieto.
Como hipnotizado.
Alguien del público empezó a llorar. Otro rezaba. Un niño preguntó si el penal era parte del entretiempo.
Nadie supo cuánto duró. Minutos, horas, días. El relato se volvió mítico.
Algunos juraban que fue el penal más largo de la historia. Otros que nunca ocurrió. Que fue un sueño colectivo. Que el tiempo mismo se había congelado.
Yo estuve ahí.
Lo vi.
Y desde entonces no volví a un estadio. Porque entiendo que hay decisiones que no pueden tomarse.
Y porque tengo miedo de que, algún día, alguien diga mi nombre… y yo no me anime a patear.