Alfonso Cortez

Publicado en El País el martes 14 de julio de 2026

Queridos cartógrafos mundialeros:

Al comienzo de este Mundial celebré una de las pocas ventajas de ser boliviano en estas fechas: la libertad de cambiar de camiseta sin pedir permiso. Mientras los argentinos, franceses, españoles o ingleses sufrían con una sola selección, nosotros podíamos encariñarnos con cualquiera.

Durante estas semanas alenté a Cabo Verde, admiré la obstinación japonesa, festejé la eliminación de Alemania a manos de Paraguay y disfruté viendo cómo Marruecos seguía escribiendo una historia improbable. Descubrí que el fútbol no solo nos hace elegir equipos; también nos invita a adoptar causas perdidas, personajes secundarios y pequeños milagros.

Pero las semifinales acaban de arruinarme ese privilegio. Hasta ayer podía querer que ganaran todos. Desde hoy el Mundial me obliga a despedirme de alguno.

Esta tarde me descubro alentando a España frente a Francia. No porque tenga cuentas pendientes con los franceses, sino porque siempre termino inclinándome por quien tiene una montaña un poco más alta que escalar. Me gusta que el favorito descubra, de vez en cuando, que también es humano.

Mañana llega una contradicción aún mayor. Mi gratitud futbolera hacia Messi es demasiado grande como para desear verlo caer. Durante casi dos décadas ha sido el gran ídolo contemporáneo de mi hijo Rodrigo. Junto a él he ido al estadio, hemos compartido tres mundiales, visto incontables partidos por televisión y alimentado esta «pasión inútil» que nos ha regalado tantas conversaciones.

Si Argentina queda eliminada, no será solo el adiós de Messi a los Mundiales. También se cerrará una pequeña época de nuestra historia familiar. Y, sin embargo, hay una parte de mí que empieza a mirar a Inglaterra con simpatía. Me gusta cómo juega, cómo compite y cómo ha aprendido a sufrir sin perder la compostura. Además, una final entre España e Inglaterra sería un banquete para cualquier amante del fútbol.

Entonces entendí que nunca estuve eligiendo países. Siempre estuve eligiendo historias.

El fútbol nos hace creer que apoyamos camisetas. En realidad, apoyamos relatos que todavía no queremos que terminen.

Confieso, además, otra pequeña vergüenza. Llevo semanas participando en dos grupos de WhatsApp en los que hacemos pronósticos del Mundial. En ambos estoy peligrosamente cerca del descenso. Mi talento para adivinar ganadores es inversamente proporcional a mi facilidad para descubrir historias humanas alrededor de una pelota.

Si la literatura diera puntos, estaría peleando el campeonato. Como cuentan los goles, apenas me estoy salvando porque, por orden alfabético, me ponen primero entre los últimos con los que tenemos igualdad de puntos.

Quizá esa sea mi verdadera especialidad. Nunca fui un buen adivino. Apenas un coleccionista de historias.

Dentro de unas horas perderán España o Francia. Mañana será el turno de Argentina o Inglaterra. Cuatro selecciones seguirán siendo extraordinarias. Dos descubrirán que jugar un gran Mundial tampoco garantiza un lugar en la final.

Yo todavía no sé por quién terminaré gritando cada gol. Lo único que sé es que las patrias futboleras duran exactamente noventa minutos. Quizá esa sea la forma más libre —y también la más triste— de mirar un Mundial.

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