Publicado en El Deber el 14 de octubre de 2016

Los sorpresivos e inesperados resultados de las urnas de los plebiscitos en el Reino Unido (Brexit) y en Colombia (Acuerdo de paz) son señales curiosas sobre la efectividad de los mecanismos de la llamada democracia profunda.

Si bien son dos procesos diferentes, ambos han pedido a la población que se manifieste sobre temas complejos y trascendentales para sus vidas. Y en ambos casos, una minoría ha decidido el destino de la gran mayoría.

Los adultos mayores de las islas británicas, que asistieron masivamente a las urnas, apostaron a favor de salirse de la Unión Europea hipotecando un futuro (económico y político) en el que los jóvenes van a tener que vivir, aún habiendo votado de manera distinta a sus mayores.

Al otro lado del mundo, vestidos todos de blanco, el actual premio Nobel de la Paz, los guerrilleros y sus invitados celebraron la firma de un acuerdo que nunca va a cumplirse. Veinte millones de colombianos no fueron a las urnas y permitieron que la negativa del 19% del electorado amargue el festejo anticipado en Cartagena.

Los mecanismos de representación parecen haber quedado obsoletos y han puesto al sistema democrático en entredicho. La apatía de los que eligen no elegir es una señal a tomar en cuenta. Otra, es que la gente vota mucho más con la emoción que con la razón. Y en algunos otros casos, el electorado envía mensajes o expresa su ira o descontento no necesariamente respondiendo a lo que se le pregunta.

Hay cansancio, rebeldía y desconfianza del pueblo contra la tradicional clase política corrupta, y por esa razón arriesga su voto a favor de otra emergente (de izquierda o de derecha) repleta de eslóganes, derroche populista, demagogia y vulgaridad como Berlusconi, Chávez, Putin, Ortega, Le Pen o Trump.

Algunos expertos señalan que la educación de los ciudadanos podría ser la respuesta para desarrollar un pensamiento crítico que permita analizar con claridad y objetividad los problemas u opciones que se barajan en una elección democrática. Sin embargo, lo ocurrido con los educados británicos, o la propia candidatura de un energúmeno en Norteamérica, no necesariamente respaldan esta tesis.

Incluso la culta Suiza, -el país que más referendos celebra en todo el mundo-, ha visto que el monopolio del poder del pueblo ha tomado decisiones que violan derechos constitucionales e internacionales.

El poder del elector tendría que estar siempre balanceado con el del parlamento, los administradores del Estado y sus tribunales. Como lo dijo James Bovard: “La democracia debería ser algo más que dos lobos y una oveja votando sobre el menú del próximo almuerzo”.

“Salvo que los lobos sean vegetarianos”, diría mi ahijado naturista que cree saberlo todo.

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