Publicado en El Deber el 10 de febrero de 2017

Tienen una gran facilidad para migrar de un sitio a otro, se reproducen vertiginosamente, ocupan inmensas superficies e invaden territorios urbanos hasta asfixiarlos y convertirlos en basurales. Evitan el control y el orden gracias a que representan un descomunal volumen de disciplinados votos y pueden desplegar portentosas movilizaciones sociales. Se protegen del sol y la lluvia con toldos de plástico.

No disponen de alas, pero vuelan. No poseen grandes patas posteriores, pero saltan. No tienen antenas, pero detectan tierras fértiles para satisfacer su insaciable apetito. Manipulan a sus superiores adulándolos para obtener beneficios personales. Son mercenarios que se venden al mejor postor y tienen la habilidad de caer siempre de pie. En el último tiempo, rebasando cualquier antecedente, se los ha visto chupando tetillas.

Adquieren diferentes tonalidades y numeraciones, se afilian en estructuras sólidas y compactas de estricta obediencia. Definen, en función de sus propios intereses, los surcos que recorrerán diariamente en busca de su ansiado alimento. Esclavizan a sus vasallos –sin mayor preparación y entrenamiento– y les exigen una renta que los obliga a depredar todo a su paso, sin miramientos ni consideraciones. No ha habido poder humano que pueda ordenar y regular sus servicios. Son la metástasis de un cáncer que tiene pronóstico reservado.

Sus rentables cultivos arrasan con la vegetación de grandes extensiones de terreno, hasta agotar sus nutrientes. A nombre de la tradición y usanzas ancestrales, producen excedentes de dudoso destino. Se mueven en la difusa línea de lo legal e ilegal. Su alianza con el poder ha impedido frenar su expansión, y por el contrario, irrumpen fronteras y continúan exportando pesar y muerte.

Se campean por todos lados. Pueden usar uniforme, corbata, camisa, gorra, armas o no. Son especies muy variadas y aparentemente dispares. Siempre encuentran una inmoral grieta o un corrompido vacío para desplegar sus ataques y recaudar su botín. Nadie ha podido con ellos, a pesar de que todos proponen erradicarlos. Parecen ser parte intrínseca del enjambre.

Estoy seguro de que la nube de tucuras –que ahora ataca nuestros campos agrícolas– podrá ser pronto controlada y su impacto en la producción no será tan devastador para la cadena agroalimentaria del país. Sin embargo, estas otras plagas de ‘langostas’ ya tienen dimensiones catastróficas semejantes al relato bíblico. ¿Cuándo será el día que comencemos a combatirlas?

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