Publicado en El Deber el 16 de diciembre de 2016

“Si los abogados me dicen es ilegal, yo le meto nomás y les digo métanle nomás y después lo legalizan, para eso han estudiado” (Evo Morales, agosto de 2008) esa frase es una cruda y brutal radiografía del comportamiento del boliviano promedio, en casi todos los ámbitos. Nos consideramos (y aquí el entrecomillado vale) “vivos”, “inescrupulosamente audaces”, “pícaros”. Actuamos como si estuviéramos más allá del bien y del mal. A los que diferencian lo que se debe y puede hacer de lo que no, los consideramos unos “personajes aburridos, perdedores y tan poco imaginativos” que viven limitados dentro de la ley.

Tenemos degeneradamente invertidos los valores. Nos domina un pragmatismo pervertido que hace culto y venera a quien se sale con la suya aplastando a los demás. Despreciamos al “ingenuo”, al respetuoso de las normas. En nuestra sociedad, el “idiota” que cree que las leyes tienen importancia y se han hecho para ser cumplidas está condenado a fracasar.

Son innumerables los ejemplos cotidianos de nuestro insensato comportamiento social: frente al volante, cruzamos el semáforo en rojo y quebrantamos las normas de tránsito que se nos antoja; como peatones, atravesamos la calle por media cuadra y miramos enojados a quien nos advierte tocando bocina; en el transporte público, pedimos y logramos que el conductor pare el vehículo donde nos de la gana; buscamos la manera de conseguir la viñeta de la revisión técnica vehicular, sin las esperas y demoras que esta conlleva; siempre encontramos al amigo del amigo, al pariente, al correligionario político que “agiliza” los trámites burocráticos en las reparticiones públicas; compramos libros y películas piratas, sin tener ninguna conciencia que estamos cometiendo un delito y vulnerando los derechos de propiedad intelectual de sus creadores; esperamos el último minuto para hacer lo que hay que hacer.

Somos vivos, audaces, oportunistas. Cometemos todos los excesos y violamos las normas sin considerar los riesgos. Tenemos nuestra particular manera de hacer las cosas. Pareciera que, como siempre lo hemos hecho, nada nos ocurrirá. Sin embargo, la tragedia de la aerolínea LaMía debería sacudir nuestra modorra ética. No podemos seguir jugando al avestruz y dejar de cuestionarnos a nosotros mismos. Sin auto flagelarnos, y con la mayor sinceridad con nuestra propia conciencia, es un buen momento para la autocrítica. Debemos aprender la lección de esta cadena de vivezas criollas. La “boliviana manera” de hacer las cosas produce víctimas inocentes todos los días.

Si seguimos “metiéndole nomás”, así nos irá.

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