Publicado en El Deber el 11 de noviembre de 2016

Para titularse como médicos generales, los estudiantes de Medicina deben cumplir un año de internado rotatorio por las diversas áreas dentro de un hospital. La experiencia práctica de estos trabajadores en salud en formación, llamados internos, les permite consolidar conocimientos teóricos, además de definir cuál será finalmente la especialidad que estudiarán. Para ser especialistas, los médicos generales, bajo la supervisión de un titular del área, se convierten en médicos residentes. La duración de la residencia dependerá de la especialidad elegida.

Ambos, internos y médicos residentes, deben hacer guardias cubriendo turnos con jornadas laborales de más de 12 horas diarias, y en algunos casos incluso turnos de 36 horas seguidas, día por medio. Estos turnos extendidos pueden provocar trastornos fisiológicos debido a que rompen los ritmos circadianos. Es decir, el reloj biológico humano que regula las funciones fisiológicas del organismo para que sigan un ciclo regular que se repite cada 24 horas (estados de sueño y vigilia).

Un exhaustivo estudio hecho por Drew Dawson para la revista Nature (Fatigue, alcohol and performance impairment, 1997) demostró que no dormir durante 24 horas consecutivas afecta la función psicomotora y cognitiva, tanto como lo haría una concentración de alcohol en sangre de 0,8 gramos/litro. El límite para manejar un vehículo en Bolivia es de 0,50 gramos/litro.

Estos sistemas hegemónicos, propios de organizaciones verticales utilizan internos y médicos residentes como mano de obra barata sometiéndolos a jornadas extenuantes bajo la excusa de que están aprendiendo. Si alguno protesta por las condiciones de trabajo, sin derechos laborales ni beneficios sociales de ningún tipo, se expone a sanciones o expulsión de las residencias.

Es necesario abrir el debate sobre la duración y el uso racional de las guardias y repensar este modelo de formación obsoleto y en decadencia. Esta perniciosa práctica, tan instalada en la cultura médica, pone en riesgo la salud de los profesionales, y lo más grave, la seguridad y la calidad de atención de los propios pacientes expuestos a posibles errores a causa de la fatiga, el sueño, la falta de tiempo para el estudio y el imprescindible descanso.

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