Publicado en El Deber el 10 de noviembre de 2017

Con el afán de justificar la candidatura a la reelección del primer mandatario, el vicepresidente hábilmente intenta acomodar conceptos de Weber y Zabaleta para no llamarlo caudillo, y decir más bien que estamos frente a un “líder carismático”. En principio, se podría creer que sus lecturas eran tan ciertas como su licenciatura, pero después de 11 años de escuchar sus declaraciones, está claro que la manipulación teórica es también parte de un terco cinismo.

El pensador orureño René Zavaleta Mercado (1937-1984), en su señero libro El poder dual, cuando se está refiriendo al proceso revolucionario de mediados del siglo pasado es muy claro al analizar lo pernicioso de la acumulación del poder y la falta de alternancia: “Ocurrió aquí lo que suele suceder en todos los casos en que el poder político se concentra o acumula en un solo lugar político. En la práctica de la dominación, la destrucción de las contradicciones externas por un acto de puro poder vertical es quizá la más vieja de las ilusiones. Cuando el MNR acumuló sobre sí todos los mecanismos políticos de Bolivia, hasta convertirse no en un partido sino en la política misma; cuando se apoderó de todos los instrumentos y de casi toda la cantidad humana de la política, quiso realizar ese sueño del poder total, interno e intangible. Las contradicciones, por un momento, desaparecieron afuera, pero solo para expresarse de un modo aún más devastador dentro del organismo que no las dejaba existir fuera de él. Es pues una mala política suponer que los problemas desaparecen solo porque uno les prohíbe que digan su nombre por sí mismos”.

La ausencia de nuevos liderazgos, tanto dentro del partido -coyunturalmente- hegemónico como de la insulsa oposición, es un tema que a todos nos debería preocupar. El caudillismo, basado en el apoyo de fracciones de masas populares, y manipulado por un entorno palaciego que tiene cautivo al líder, no es el mejor instrumento para buscar un desarrollo integral de la sociedad.

La característica esencial de los liderazgos populistas es que viven en un permanente apresto electoral. Antes que delinear políticas de Estado, que vayan a trascender su gestión, están más preocupados en maniobras circunstanciales que les garanticen su próxima reelección.
Desprestigiar el pasado, menospreciar planes y medidas anteriores, inventarse enemigos externos o polarizar posiciones son rasgos típicos de gobiernos caudillistas que acumulan poder y votos a costa de menoscabar lo que otros hicieron.

Los repetidos casos de corrupción y enriquecimiento ilícito, en casi todas las instituciones del poder central, son una prueba de que existe ineficiencia, ineptitud e incompetencia de quienes han recibido nuestra confianza para administrar dineros e intereses colectivos. Está claro que el ‘carisma’ no alcanza para hacer gestión. La construcción de alternativas -dentro y fuera del partido oficial- es una necesidad imperiosa frente a esta mascarada con tintes mesiánicos.

Uno de los actuales ministros debería recordar el libro de Eloy Anello que usaba en clases: “El país demanda un nuevo tipo de liderazgo enfocado en la transformación individual y social, comprometido con valores y principios morales, basados en la libre investigación de la verdad, inspirado por un sentido de transcendencia y guiado en el ejercicio de sus capacidades por el servicio al bien común”.

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