Publicado en El Deber el 3 de noviembre de 2017

Acabo de releer un libro considerado de culto, publicado por primera vez en 1978, y cuyo tema central es la muerte. Tomás Eloy Martínez (1934-2010), periodista y escritor argentino, entremezclando la literatura y el periodismo, presenta en Lugar común la muerte, 15 magistrales crónicas -entre confesiones personales y entrevistas-, del periodo de los últimos minutos de sus protagonistas.  Todos ellos, hombres excepcionales, llevados de la mano del autor, construyen relatos de ficción testimonial en la víspera de sus muertes. Eloy eligió el momento de mayor soledad y de mayor intimidad de un ser humano para contarnos sus historias y asistir al instante previo a perderlo todo y cuando, resistiendo a la indiferencia del mundo, se sueña con alguna inmortalidad.

Los soberbios retratos de este libro se mueven siempre sobre la ambigua línea que separa la realidad de la ficción, una frontera tan inasible y tenue como la materia que aquí se narra: el epílogo de la vida, el punto de mayor conciencia ante lo precario de la condición humana. El cronista usa el deceso de escritores latinoamericanos, artistas, políticos y personas comunes para recordarnos que la muerte nos iguala a todos, pero que “los actos de nuestra vida son los que perduran y nos definen en la memoria de los demás”. Y, como toda memoria que se precie, tamizada por las creencias y los prejuicios de quien la soporta.

A los hechos verídicos se les añaden otros que no pasaron, que pudieron pasar o que deberían haber pasado. Eloy, un pionero del periodismo narrativo, sabe describir el qué, pero sobre todo el cómo. Hilvana con paciencia y agudeza los hilos de una realidad zurcidos con ficción. Lugar común la muerte se puede leer para disfrutar de los perfiles de sus personajes o para dejarse embelesar por la costura literaria de su autor, o para ambas cosas a la vez.

Hace un año atrás, con el artículo Flores para la vida, me confesaba muy respetuoso de las costumbres, tradiciones y actos de fe de las personas. Señalaba, que alguna vez también había visitado las tumbas de mis seres queridos en los cementerios, y que la cercanía a sus restos me ayudaba en el doloroso proceso de duelo. Sin embargo, desde hace algún tiempo -con éxitos y fracasos-, he decidido festejar a las almas cuyos cuerpos veo en movimiento a mi alrededor.  Abrazos, cariños, mimos, palmaditas, solidaridad, aliento, comprensión, buena charla, escucha activa, cartas, mensajes y otros gestos de amor son las flores que quisiera regalar a quienes todavía están aquí. Este es un reto diario y cada amanecer se convierte en una nueva oportunidad para honrar la vida.

Las circunstancias nos llevan a reflexionar sobre las grandezas y las miserias humanas. No importa cuán encumbrados nos sintamos o estemos ni cuánto empeño pongamos en ello. No importa por cuál sendero transitemos, está claro que todos acabaremos en el mismo sitio. Omnia mors aequat, la muerte a todos nos iguala.

El aclamado autor de Santa Evita señala: “Siempre creí que, entre las vanas distracciones del individuo, ninguna es tan torpe como el afán de propiedad. Somos de las pasiones, no ellas de nosotros. ¿En nombre de qué fatuidad, entonces, pretendemos ser los dueños de una cosa? Concedí que la muerte era, como la salvación o la tortura, un privilegio individual. Ahora sé que ni siquiera ese lugar común nos pertenece”.

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