Publicado en El Deber el 8 de diciembre de 2017

Cuando el Tribunal Constitucional Plurinacional emitió la Sentencia 0084/2017 que habilita al presidente, al vicepresidente y a todas las autoridades electas a repostularse de manera indefinida -ignorando el resultado de un referéndum, en el que el pueblo dijo que no-, me acordé de la rica y abundante literatura latinoamericana que tiene al dictador como protagonista central.

Este subgénero narrativo, que aborda la relación del caudillo con el poder, ha sido una de las más fecundas vetas de nuestros prolíficos y laureados escritores. En lo que se ha denominado “la novela del dictador” se pueden encontrar algunos rasgos comunes -visibles o encubiertos-, pero todos alrededor del quehacer político y el ejercicio del poder de una figura despótica en un contexto específico, real o ficticio.

Algunas de las propuestas centran su atención en un personaje histórico, paradójicamente impregnado de ficción, para hacerlo aún más creíble. Uno de los mejores ejemplos es la novela Yo el supremo (1974) del paraguayo Augusto Roa Bastos (Premio Cervantes 1989), en la que se recrea la imagen de José Gaspar Rodríguez de Francia, supremo dictador perpetuo del Paraguay. Un hombre enigmático y duro, inteligente e implacable. Roa Bastos tiene la maestría de enlazar la leyenda con la historia, la ficción con la realidad y el mito con el dogma. El personaje goza de un poder ilimitado, y entre sus tácticas de mano dura se incluyen el exilio, la encarcelación de la oposición, además del permanente ataque a la libertad de prensa. El doctor Francia crea un gobierno centralizado, respaldado por una poderosa fuerza militar, y con un control total sobre el libre pensamiento.

Otra obra magistral de este subgénero es La fiesta del Chivo (2000) del peruano Mario Vargas Llosa (premio nobel 2010). La novela sigue tres líneas narrativas entrelazadas: los recuerdos de la protagonista -Urania Cabral- que está de vuelta en la República Dominicana, después de una prolongada ausencia; la segunda, centrada en el último día de vida de Rafael Leónidas Trujillo (el Chivo); y la tercera, describe a los asesinos del tirano. Este libro es un retrato caleidoscópico del poder dictatorial, incluidos sus efectos sicológicos, y su impacto a largo plazo. Se describe las peculiaridades del poder y la corrupción, y su relación con el machismo y la perversión sexual.

En El señor presidente (1946) del guatemalteco Miguel Ángel Asturias (premio nobel 1967) se explora la autocracia y sus efectos perversos en la sociedad. El cubano Alejo Carpentier (premio Cervantes 1977), en El recurso del método (1974), crea un dictador ficticio compuesto por diversos rasgos de autócratas históricos.

Finalmente, en El otoño del patriarca (1975) el colombiano Gabriel García Márquez (premio nobel 1982), retrata el prototipo de las dictaduras latinoamericanas, civiles o militares, y sus míticos tiranos. Esta novela ha sido considerada una fábula sobre la soledad del poder. No se desarrolla en un chaquito, sino en un país inventado a orillas del Mar Caribe.

Cuando parecía que la ficción literaria de la novela del dictador -repleta de realismo mágico-, había agotado sus fuentes, comienzan a aparecer nuevos insumos para seguir escribiéndola. La naturaleza del autoritarismo seguirá siendo un germen inagotable, inspirador de truculentas historias.

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