Publicado en El Deber el 15 de diciembre de 2017

En el libro Crecer a golpes. Crónicas y ensayos de América Latina a cuarenta años de Allende y Pinochet (C.A. Press, Penguin Group, USA, 2013), editado por el reconocido periodista y escritor argentino Diego Fonseca, se recupera el ensayo y la crónica de 13 reconocidos narradores y periodistas para exhibir los conflictos irresueltos que cortan la carne de América Latina hasta el hueso.

Para contrapesar la ahora famosa frase de nuestro presidente (“no quiero, pero no puedo decepcionar a mi pueblo”) rescato un texto de la introducción del libro, que calza como anillo al dedo a la presente coyuntura política boliviana, en la que se percibe un inocultable deseo de perpetuación en el poder.  Fonseca escribe: “En cuarenta años, por tercos o por torpes, aún no parecemos comprender cuestiones básicas, como que las alternancias ordenadas proveen oportunidades para administrar mejor el presente y planificar el futuro, que los consensos y las negociaciones son siempre un mejor resultado que la victoria intransigente, y que construir naciones más justas no debiera —no debe, no— ir asociado a ninguna forma de autoritarismo”.

La alternancia en el poder robustece la democracia representativa y es una condición necesaria y saludable para tonificar sistemas presidencialistas como el nuestro. Es uno de los componentes fundamentales de cualquier sistema de gobierno de auténtica filiación democrática. Abundan en la historia ejemplos trágicos de regímenes que intentaron perpetuar en el tiempo su autoritarismo. El único camino para asegurar el desarrollo, la estabilidad y la supervivencia de un sistema político-institucional es el que asegura la existencia, de dos o más fuerzas partidarias de signo diferente, que sean capaces de alternarse en el ejercicio del gobierno y que compartan de manera natural los proyectos y objetivos estratégicos de largo plazo.

En el Movimiento Al Socialismo-Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) -que gobierna el país desde 2006- han sido incapaces de generar nuevos liderazgos para sustituir a un caudillo que solo violentando su propia Constitución podría mantenerse en el poder. Todo indica que el camino trazado nos llevará a repetir los errores del pasado y emular el proceso vivido recientemente en Venezuela, con las deprimentes consecuencias del fenómeno de un caudillismo personalista y mesiánico.

El periodista venezolano Boris Muñoz, que escribe la crónica Un país en las antípodas, en el citado libro, retrata la realidad del poschavismo de una nación que, en los 70, fue un ejemplo democrático y refugio de los exiliados del sur del continente, incluidos muchos bolivianos. La autocracia comandada por Hugo Chávez, un héroe épico, volvió a poner a Venezuela en las antípodas de la región: “Para sostenerse en el poder sin Chávez, sus sucesores violaron repetidamente la Constitución. Venezuela quedó en manos de una nomenclatura de segundones cuya misión nominal ha sido evitar que la revolución se corrompa, pero cuyo verdadero objetivo fue siempre mantenerse unidos para vigilarse unos a otros y evitar que salgan a la luz la corruptela”, escribe Muñoz.

¿Les suena conocido el relato?

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