Publicado en El Deber el 22 de diciembre de 2017

Hemos llegado a un final de año muy convulsionado, contaminado por muchos hechos políticos que alteran y exasperan nuestra tranquilidad interior. Existe en el ambiente mucho temor -mezclado con rabia-, por abusos y atropellos desde las esferas del poder. Todo esto, sumado al natural estrés de los últimos días de un almanaque que, de por sí, genera ansiedades y angustias, personales y colectivas. Sin embargo, los cierres e inicios de ciclos siempre traen un soplo de optimismo, esperanza e ilusión, por todo lo que se puede hacer en un calendario a estrenar.

Esta es también una época para hacer un balance de lo que teníamos previsto alcanzar, y de lo que verdaderamente alcanzamos. Es útil contrarrestar nuestras frustraciones y desánimos por incumplir algunas metas con aquellos pequeños o grandes logros y conquistas personales que nos han llenado de orgullo y satisfacción durante este periodo. Depende de nosotros el saber valorar y equilibrar las alegrías y tristezas, como partes intrínsecas de nuestras vidas.

A propósito del tema, en una reflexión en el muro del Facebook, mi hija escribió: “Las experiencias son ricas enseñanzas, que sin importar la edad, te permiten hoy, estar en un lugar mejor que ayer”. Esa acumulación de experiencias -algunas buenas y otras no tanto- nos sirve para aprender, crecer y enriquecer nuestra existencia.

Este es igualmente un tiempo para tener presente a quienes ya no nos acompañan físicamente, pero que dejaron profundas huellas de afecto y sabiduría en nosotros. Son unos días para reencontrarse con nuestros seres queridos -familia y amigos-, que a menudo, descuidamos debido al trajín diario. Asimismo, están aquellas almas que viven en otros lugares y que la distancia nos priva de darles un abrazo o un beso, y que solo el amor nos permite mantenerlas cerca.

La vida es demasiado corta para preocuparse por cuestiones absurdas. Es útil saber que no se puede volver atrás para cambiar los comienzos, pero sí se puede comenzar, desde ahora, la construcción de nuevos finales. Ayuda mucho darse el tiempo y crear las condiciones para aprender a mirar las cosas desde una perspectiva diferente. Es un buen momento para calmarnos, detenernos, aquietar los remolinos mentales y emocionales, y a través de la meditación o de ejercicios de introspección buscar alcanzar cierta paz, serenidad y tranquilidad emocional.

Darnos, nosotros mismos, órdenes imperativas de concluir, ejecutar, organizar, ordenar, limpiar, devolver, visitar, planificar, etcétera, pueden provocarnos un estrés innecesario. Evitemos dejarnos llevar por esa suerte de ‘mandato social’ de querer concluir todo antes de fin de año. Como lo escribí, en esta misma columna,  hace 365 días atrás, el mundo no se termina el 31 de diciembre. En todo caso, para muchos -y en especial para Valentina, mi nieta-, el mundo recién comienza. Espero ansioso tenerla pronto en mis brazos.

Desde esta columna, brindo y agradezco por la bendición de una nueva vida y por la oportunidad de un nuevo comienzo.

¡Felices Fiestas!

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s