Publicado en El Deber el 2 de febrero de 2018

A raíz de las declaraciones de dos personas —que en apariencia no tendrían ninguna conexión entre sí—, se me vino a la memoria la lectura del libro Senior Service. Biografía de un editor (2001) de Carlo Feltrinelli, que revela la vida llena de claroscuros de su padre, el gran editor italiano Giangiacomo Feltrinelli.  Este fue un hombre riquísimo y refinado, comprometido políticamente y fundador de la editorial que lleva su apellido.

En 1972, se convirtió en terrorista, y tras dos años de clandestinidad, cuando apenas tenía 46 años, murió al explotarle una bomba con la que planeaba dejar sin luz a medio Milán. Las lujosas villas, yates y descapotables no eran incompatibles con su adhesión al comunismo, y más tarde a la guerrilla. Estuvo en Bolivia en agosto de 1967, un par de meses antes de la muerte del Che, en una misión no del todo clara. Después de hacerle un seguimiento, fue detenido e interrogado en las oficinas de la DIC (Dirección de Investigaciones Criminales). Pasó encarcelado un día y dos noches. Al conocerse su captura, se desató una presión internacional que logró su expulsión del país como persona non grata. En junio de ese mismo año, como editor de Régis Debray —arrestado cerca de Camiri—, envió una carta a Lyndon B. Johnson, presidente de Estados Unidos de América, para apoyar la liberación, de quien había sido enviado para mantener los enlaces con Cuba.

Días atrás, Carlo Feltrinelli —presidente del grupo editorial Feltrinelli—, durante la XIII edición del Hay Festival de Cartagena, declaró: “En el mundo actual, leer un libro es una acción revolucionaria. El libro sigue siendo el instrumento más eficaz para el desarrollo de la cultura. En tiempos de hiperconectividad, donde estamos bombardeados de información, leer supone tomar tiempo de uno mismo. Hay un gran cambio de ecosistema: en el siglo pasado estábamos en la era Guttenberg, y ahora estamos en la de Zuckerberg”.

La otra declaración, que me llamó la atención, fue la de Osvaldo ‘Chato’ Peredo —exguerrillero de Teoponte, militante del MAS—, que en el programa radial Asuntos Pendientes declaró: “La gente le puede pasar factura al actual presidente por desconocer la Constitución y el referéndum del 21-F. El pueblo defendió la Constitución que nosotros propusimos, y en esa Constitución hay artículos que reconocen la primacía de un referéndum ante una simple ley”.

Los dos declarantes se cruzan en el capítulo donde se relata el asesinato del cónsul boliviano en Hamburgo, coronel Roberto Quintanilla —quien habría ordenado cercenar las manos del Che—, presuntamente a cargo de Monika Ertl con un arma que pertenecía a Giangiacomo Feltrinelli. Esta acción fue reivindicada por el ELN de Peredo, según lo describe Feltrinelli en su libro.

Este editor comunista, a quien la CIA calificó como el “agente castrista más activo de Europa”, en contra de la nomenklatura soviética y los despachos airados de la KGB, publicó la primera edición mundial de El Doctor Zhivago (1957) de Boris Pasternak, que rechazó el Nobel de Literatura por presión de su gobierno.

Los principios y creencias personales de Feltrinelli estuvieron por encima de desavenencias partidarias. Animarse a ser autocrítico dentro de un proceso político tan polarizado y hacer declaraciones contrarias al discurso oficial requiere de fuertes convicciones personales, y en el caso de Peredo, de mucha temeridad.

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