Publicado en El Deber el 9 de febrero de 2018

A la salida de mi oficina, dentro del primer anillo, en la calle Beni —la de los micros—, antes de llegar a la esquina de la Celso Castedo, están ellos, reunidos como mariachis trasnochados, a la espera de treparse a ‘sus’ micros. Es fácil reconocerlos, todos tienen algún instrumento musical en sus manos: guitarras, bombos, charangos, entre otros. Alguna vez, hasta me pareció escuchar un violín. La gente, y ellos mismos, se denominan “cantantes de los micros”.

Esta singular forma de ganarse la vida, la había visto antes en el transporte público de Santiago, Chile —tanto en el metro, como en el famoso Transantiago—, y nunca me imaginé que las condiciones de nuestros vehículos pudieran permitir que haya el espacio necesario para que estos artistas de calle ejerzan su oficio. Y sí, lo hacen. Detrás de uno de ellos, me trepé al autobús número 89, y pude ser parte de los sufridos espectadores de un cantor que intentó entretenernos con un remix de canciones mexicanas.

Antes de subirse al colectivo, con una rebuscada cortesía, pidió permiso al chofer para entonar sus canciones y bajarse más adelante, sin tener que pagar el pasaje. Tuve la precaución de no subirme en una ‘hora pico’, de igual manera, mi cabeza viajó doblada para caber en una ‘lata de sardina’, toda destartalada, que partió rauda para detenerse bruscamente, a pocos metros, en medio de la intersección del semáforo de la esquina. En ese instante, junto al esfuerzo de las cuerdas vocales del guitarrero —que además hacia equilibrios para no caerse—, tuvimos el acompañamiento musical de las bocinas de los autos que quedaron impedidos de cruzar la calle. Toda una sinfonía de sonidos urbanos.

Después de varios minutos de baches, apretujones, frenazos y vertiginosos arranques, el guitarrero se bajó cantando —a capela—, una de Vicente Fernández, mientras pasaba la mano para recibir sus propinas. Presuroso, después de abrirme paso entre medio del atiborrado pasillo, me bajé detrás de él. Ya en la acera, en tierra firme, esperando el bus de retorno, pude abordarlo y conversar acerca de su peculiar forma de ganarse la vida.

No son cantores de escenario, o de tarima de plaza, menos de fiesta, son otro tipo de cantores, tienen un público cautivo, que viaja apretujado, sudoroso, cansado, y que se sube y baja de un desvencijado vehículo. La mayor parte de las unidades, tienen al volante un conductor que no respeta ninguna regla de tránsito, y que sus tiempos de llegada y salida, los obligan a convertir las calles en peligrosas pistas de carrera, donde reina el más fuerte y el más veloz. Pero que, según el testimonio de mi entrevistado, son “sensibles” a la música de estos “cantores de la vida”, que los entretienen, y en ocasiones, “hasta ríen de sus chistes”.

Junto a la decena de músicos sobre ruedas, hay un ejército de otros ‘competidores’ que comercializan dulces, chupetes, chicles y otras baratijas arriba de los micros o en las esquinas más transitadas del pueblo, donde también deambulan mendigos, malabaristas e improvisados saltimbanquis. La pobreza extrema y la carencia de empleo obligan a miles de bolivianos a ganarse el pan de cada día en las crudas y despiadadas calles de sus ciudades.  Su canto es un canto in crescendo, pero que nadie escucha. A ellos nadie les cumple.

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