Contra la sentencia de sabiduría popular de que “guerra anunciada no mata soldado”, el presidente Morales reveló que su “ejército” de cocaleros chapareños está capacitándose en el manejo de plataformas digitales para un nuevo conflicto bélico: “La guerra digital en las redes sociales”. El enemigo principal —según Morales— es “la derecha que usa internet para atacar a su Gobierno difundiendo mentiras”. Con esa justificación teórica, y para saltar con ventaja a este nuevo cuadrilátero de lucha política, ha ordenado reasignar una millonada de fondos públicos —dinero nuestro— para la dotación y manejo de equipos destinados a la Dirección General de Redes Sociales, dependiente del Ministerio de Comunicación. Morales confesó que, “a través de las organizaciones sociales, su Gobierno tiene control del territorio, pero no así en las redes sociales, donde la derecha está dando batalla”. El vicepresidente García, por su parte, ya había dicho antes que “ambos se sienten cómodos en un conflicto y que no han venido a caminar encima de flores, han venido a la guerra”. Así que, a pedido de boca, su guerra está servida.
Lo que ninguno —de este par de briosos guerreros— ha tenido en cuenta, es que en el mundo digital existe un peculiar ingrediente, que es inmanejable e incomprensible para los ejércitos convencionales, y que puede además matar a sus contrincantes. Ese inasible componente es el humor. El humor contra el poder puede matar de risa a cualquiera. Ya lo dijo, con mucha propiedad, el nobel de literatura Darío Fo: “La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos”.
En las actuales circunstancias, con claras muestras de autoritarismo, el buen humor de la gente común —usuaria de las redes sociales— florece de manera especial y la ayuda a sobrellevar las ansiedades que provocan los discursos tiránicos y despóticos. La sátira es incómoda para los líderes populistas, sean estos de izquierda o de derecha, desde Morales hasta Trump. La profusión de chistes, memes, videos animados y otras tantas formas de comunicación audiovisual, a partir de declaraciones, acciones y comportamientos de quienes están circunstancialmente como autoridades, libera al ciudadano del temor que se le quiere infundir.
La distribución arbitraria de la pauta publicitaria oficial le ha permitido al Gobierno cierto control sobre los medios tradicionales, premiando a algunos y asfixiando a otros. Sin embargo, a la hora de informarse y poder manifestar sus opiniones, las redes sociales han desplazado la atención de la gente frente a estos canales convencionales. Desde el Facebook o Twitter, cualquier persona está a un clic de informarse de toda clase de noticias, desde la más irrelevante hasta la más escandalosa. Y no solo eso, puede también libremente expresar sus comentarios e ideas.
La burla, el ridículo, la sátira, el sarcasmo, la caricatura, la ironía o la parodia son las armas y municiones del vecino común, que desde su celular, computadora o tableta usa el humor picaresco para enfrentarse a este anunciado ejército de trolls, “opinadores” a sueldo y otras especies parecidas, que —con dinero de todos— pretenden crear corrientes de opinión favorables a sus oscuros intereses.

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