Sentados sobre unos tocos de madera, en la calle 6 de Agosto, casi Beni —a media cuadra del parque El Arenal—, frente a un templo evangélico, se asienta un par de adivinos. Encima de una diminuta mesa, cubierta por un aguayo multicolor, tienen un mazo de naipes —más adelante, supe que era una baraja española—, dispuestos a ‘adivinar’ lo que la gente que acude a ellos quisiera saber de lo que vendrá. Están ahí todos los días del año, esperando a sus angustiados clientes que buscan despejar dudas sobre el amor, la salud, el dinero, los viajes o ‘posibles maldiciones’.
Camino seguido por la acera de esa calle, pero nunca antes me habían llamado la atención. En realidad, nunca antes había consultado a un supuesto adivino, agorero o ‘sacasuertes’. Soy muy escéptico de todo lo que parecen ciencias ocultas, horóscopos, cartas astrales, cartomancia, quiromancia, astrología o cosa parecida.
Esta vez, por pura curiosidad, me detuve a mirar quiénes se ‘hacían leer la suerte’. Concurren, en igual proporción, tanto hombres como mujeres. Por sus atuendos, se podía deducir que eran gente humilde y sencilla. Después, ya en plena sesión con el ‘lector de cartas’ —así quiere que lo llame—, me confesó con un tono un tanto presumido: “También leo la suerte a los encopetados, pero no aquí en la calle”.
Ese mismo día vi un post en el muro de Facebook de un reconocido analista político que mostraba lo que había escrito hace dos años atrás, y su predicción resultó cierta. En broma, le comenté que estaba escribiendo sobre pronósticos y vaticinios y que debería haberlo buscado a él primero, antes de escuchar el cuento de adivinos en la calle. Con el buen humor que lo caracteriza, me reveló que él “tiene una gran bola de cristal y que podría decirme lo que pasará en el futuro”.
La realidad es que el futuro ha sido siempre una preocupación de la humanidad. Al revisar la historia, en todas las culturas del planeta aparecen personajes que encarnan este rol. En la Grecia antigua —por ejemplo— la pitonisa era una sacerdotisa que tenía como misión predecir los designios de Apolo y responder a las preguntas que se le formulaban en los oráculos. Y así como ella, han existido siempre supuestos videntes que a través de herramientas esotéricas —cartas del tarot, bola de cristal, lectura de sueños, café, coca, etc.— tendrían la facultad de profetizar el destino de una persona o una sociedad.
Los timadores, por experiencia acumulada o por información que extraen del visitante, luego de un análisis cuidadoso de sus respuestas verbales o lenguaje corporal, le dicen a la persona que los consulta frases que son obvias o tan generales que se podrían aplicar a cualquiera.
En tiempos de incertidumbre y de “apegos abstractos a la norma”, aflora con mayor fuerza la necesidad de la gente de asirse de certezas y seguridades que puedan darles cierta calma, paz y sosiego. Los analistas políticos, futurólogos y otros ‘opinólogos’ son los más requeridos por la prensa para dar orientación a sus públicos. Estos tienen el reto de no caer en juegos de confusas palabras, analizar la realidad de la coyuntura, basarse en escenarios previos e intentar —con toda la falibilidad de las ciencias sociales, que no son exactas— predecir escenarios futuros.
Mi amigo, el “lector de cartas”, me dijo que esta semana de mi cumpleaños mi columna sería una de las más leídas.

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