Todas las mañanas, despliegan sus lienzos sobre un grueso muro cubierto de variadas y multicolores pinturas. Han desarrollado una peculiar visión espacial, que les permite esbozar con una tiza —a mano alzada— todas las letras que compondrán el letrero final. Luego de ese inicial toque artístico, lo que viene es ya pintura de brocha gorda: rellenar —con el color elegido— los espacios vacíos dentro del contorno de cada letra para que la pancarta sea clara, perceptible y cumpla su objetivo. La veintena de letristas o pintores que hacen carteles en la acera del frente del Palacio de Justicia, además de otros tantos en las primeras cuadras de la avenida Cañoto, forman parte del paisaje urbano de Santa Cruz de la Sierra.
Al entrevistarlos, pude descubrir que la mayor parte de ellos provienen de los mismos núcleos familiares. Hay, por ejemplo, toda una familia proveniente de Riberalta. El más antiguo —lo llamaré Juan— dice que está en este oficio hace más de una década y que ha sido de los primeros en utilizar esta vetusta y colorida pared como “estudio al aire libre”. El decano de los letristas, afirma que el muro pertenecería a un “inmueble confiscado, y por eso no molestan a nadie, y nadie los molesta a ellos”. Juan confiesa que comenzaron siendo dos, y ahora ya llegan al medio centenar de pintores. Sus familiares, en la búsqueda de ingresos, han ido poblando la acera.
Hacen todo tipo de pancartas sobre diversas superficies, pero en especial sobre tela. El cliente no necesita comprar ningún insumo, ellos tienen en sus mochilas los paños y pinturas del color que se requiera. Me cuentan que, por su vistosidad y atractivo, la tela amarilla o verde fosforescente es la preferida. Los jueves y viernes son sus días de mayor trabajo porque les solicitan letreros para eventos: “viernes de kjaras”, “kermeses colegiales o solidarias”, “fiestas”, “bingos”, etcétera. Los otros días, atienden los pedidos más tradicionales: “casa en alquiler”, “en venta”, “anticrético”, “local de ocasión”.
Uno de ellos —el más dicharachero—, me confiesa que además de estos pedidos habituales, alguna vez aparecen clientes con solicitudes muy curiosas: enamorados que piden escribir mensajes de amor (“te extraño”, “volvé conmigo”, “te amo”, “feliz aniversario”, etc.); y en alguna ocasión, les tocó desplegar toda una ilegal campaña contra un deudor moroso que —azorado y amenazado públicamente—, vio su nombre escrito en letras grandes sobre telas que colgaban alrededor de su oficina.
Según datos oficiales, la tasa de desempleo en Bolivia estaría cercana al 4%, la más baja del continente. Mientras estos increíbles índices muestran a un país con oportunidades de empleo, lo que objetivamente se puede ver en las calles, muestra una realidad muy distinta. Las cifras son apenas números que están desconectados de lo que se vive en las principales ciudades bolivianas. Juan y sus compañeros, que se autoemplean en la calle, sin gozar de ningún beneficio social, guardan en sus mochilas —además de telas— el sueño que el artículo 46 de la Constitución les había prometido: “Toda persona tiene derecho al trabajo digno, con seguridad industrial, higiene y salud ocupacional, sin discriminación, y con remuneración o salario justo, equitativo y satisfactorio, que le asegure para sí y su familia una existencia digna”.
¿Hasta cuándo seguiremos “pintando” números?

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