El 12 de abril de 1952, la Organización de Estados Americanos y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) crearon la Declaración de Principios Universales del Niño. Desde 1955, bajo la presidencia de Víctor Paz, ese día se conmemora el Día del Niño Boliviano. Aprovechando la ocasión, se me ocurre que podríamos generar políticas públicas para hacer que nuestros infantes sean en el futuro adultos lectores. Leer es un ejercicio mental excepcional, un precioso entrenamiento de la inteligencia y los sentidos. Una sociedad que no alienta el desarrollo del pensamiento ni posibilita que sus ciudadanos —en especial, sus niños— tengan acceso a los libros, está condenada al atraso y a la ignorancia.
Hay algunos intentos de hacer campañas de fomento a la lectura, pero con públicos reducidos o sin una planificación sostenida de largo aliento. Conozco algunos proyectos exitosos, como el de la Fundación Alegría Solidaria, que trabajan con los niños y jóvenes de la comunidad de Jorori; o los encuentros literarios con autores nacionales del colegio internacional de la Sierra, que ya tiene más de una productiva década en su historial; pero ambos son invalorables excepciones y su impacto se circunscribe a un limitado grupo de entusiastas lectores, comparados con el resto de la población que no tiene ese privilegio.
Está comprobado que la lectura acompañada —del padre o la madre— crea un lazo íntimo que el niño no olvida jamás y lo impulsa a recrear esos momentos en su vida futura. Si no hay ese ejemplo ideal de familia de padres lectores, se tiene que trabajar en las escuelas para fomentar que los niños encuentren en los libros una sana recreación y se despierte en ellos el placer de la lectura, sin imposiciones ni exigencias académicas —que contrariamente— los alejan de los libros. Será imprescindible entonces formar a los educadores para que sean ellos los gestores de la iniciación literaria de sus alumnos.
Hasta no hace mucho tiempo la literatura infantil era considerada, desde la perspectiva académica y cultural, un género menor. Se la consideraba una Cenicienta, “subordinada a su malvada madrastra”, decía un crítico literario. La selección de textos en las aulas es la base de una nueva generación de lectores. Esta tiene que estar adecuada a la realidad regional y a los intereses de quienes se inician en la lectura. El libro infantil debe dejar de lado sus connotaciones moralistas y buscar propuestas con alta calidad literaria y artística. Es necesario renovar los temas, las formas y las técnicas narrativas. Los argumentos modernos de la literatura infantil deben tratar temas actuales (divorcio, drogadicción, contaminación atmosférica, terrorismo, violencia, racismo, etc.) aboliendo al héroe inmaculado; y, en su lugar, proponer personajes de carne y hueso, cercanos al lector de hoy.
Hace algunos años atrás, el municipio de Santa Cruz de la Sierra creó un comité interinstitucional de fomento a la lectura, los libros y las bibliotecas, de cuya germinal actividad fui parte —como representante de los libreros—, pero ahora desconozco si todavía existe. Es imprescindible retomar esta iniciativa, y hacer todas las gestiones para que el gobierno municipal lidere —con recursos humanos y fondos públicos—, un plan decenal que convierta a nuestra capital en una ciudad lectora.

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