Los bolivianos siempre hemos tenido respuestas creativas frente a las adversidades. Hemos sabido encontrar ingeniosas formas de sobrellevar las tempestades. Somos fieles seguidores de esa añeja expresión popular: “Al mal tiempo, buena cara”. Uno de los paradigmáticos ejemplos de esa actitud es que, de todo el continente americano, solo en Bolivia existe y se celebra, de manera consuetudinaria, contratos de anticresis en el sector inmobiliario. Si bien esta es una figura legal que tiene —como casi todo, orígenes griegos— y está presente en muchas legislaciones, solo en nuestro país es una práctica común y frecuente.
En un contrato de anticrético, el anticresista entrega al propietario de un inmueble un monto de dinero que le da derecho a ocupar una propiedad —habitualmente por un año de manera obligatoria—, y con la posibilidad de extender el plazo a 2 años. Después de este periodo, el contrato fenece y el dueño devuelve el dinero al inquilino, y recibe su bien en las mismas condiciones en que lo entregó.
Un anticresista es alguien que tiene un pequeño o mediano capital ahorrado, pero no lo suficiente para comprar algo propio. Además, para conservar ese capital, prefiere un anticrético, antes que un alquiler. Por otro lado, el propietario que da su inmueble en anticrético, es alguien que necesita dinero en efectivo —rápido y sin intereses— para diversos usos (oportunidades de negocios, préstamos, urgencias médicas, etc.).
Según un reciente estudio, para conocer la situación de la soluciones habitacionales en Bolivia —hecho por Captura Consulting, con más de 900 encuestas, de todos los niveles socioeconómicos, en las ciudades del eje central, incluido El Alto—, se constató que el 54% de los encuestados tiene vivienda propia, 23% alquila, 13% ocupa una espacio prestado, 9% tiene un contrato de anticrético y 1% otro tipo de solución. Es decir, el 46% de los bolivianos no tiene vivienda propia.
Consultados expertos en bienes raíces, manifiestan que la figura del anticrético casi había desaparecido en los últimos años, o estaba apenas presente en estratos de niveles socioeconómicos bajos, con escasa visibilidad en los avisos publicitarios. Sin embargo, en los últimos meses, ya tienen en sus carpetas algunos inmuebles con esta figura. Además, los clasificados de anticréticos han crecido sustancialmente.
Las explicaciones tienen múltiples y variados argumentos. Uno de ellos es que, en una primera etapa, muchos anticresistas pudieron beneficiarse con los préstamos de vivienda social, y era lógico que al disminuir la demanda, esa oferta también disminuya. Esa primera gran ola —de clientes formales—, se ha reducido. Ahora dependerá, de la siempre engorrosa burocracia bancaria, para seguir colocando créditos preferenciales. Otra explicación, es que la desaceleración económica ha comenzado a sentirse en el sector inmobiliario, y no se vende con la misma velocidad que se vendía antes. Los propietarios o constructores, con apuros económicos u obligaciones, buscan resolver su liquidez con el dinero de potenciales anticresistas, hasta vender sus inmuebles y eliminar pasivos.
El anticrético parece ser un síntoma de época de vacas flacas. Se tiene algo, pero no lo suficiente para ser propietario, y no se quiere perder nada. Y por otro lado, es una boliviana manera de hacer ‘líquidos’ los ladrillos de un inmueble.

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