Publicado el viernes 3 de agosto de 2018 en El Deber

A principios de los 70, Gabriel Zaid, un poeta e intelectual mexicano escribió un ensayo crítico, Los demasiados libros (1972), sobre el descarnado mercado editorial, en el que se generan miles de novedades, que terminan arrinconadas en las partes más inaccesibles de los estantes de un librería, o finalmente, encajonadas en depósitos llenos de polvo. Es sorprendente la vigencia de este ensayo, traducido a una decena de idiomas, escrito hace casi medio siglo atrás.

Cada vez que ingreso a una librería, me abruma la cantidad de títulos y autores que no he leído y que no tendré la posibilidad de hacerlo. Tengo en casa, un estante —entre medio del ropero— que acumula aquellos libros que “leeré algún día”. Un viejo aforismo dice que “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”. Un libro no leído es un proyecto no cumplido. Desde que decidimos con mi esposa, compartir en mi oficina nuestra biblioteca al público, llevo allí los libros que voy leyendo. Sin embargo, por alguna extraña razón, los ejemplares del estante de casa no disminuyen. Por el contrario, van en aumento, arrugando mis camisas y pantalones.

Nunca como ahora, se ha publicado tanto, ni con tanta facilidad. La economía de escala del libro permite que esto ocurra, a diferencia de otros medios de comunicación, dirigidos a audiencias masivas, con mayores costos de producción. Zaid lo dice con ironía y sarcasmo: “Hay una tradición llorona de la gente de libros (autores y lectores, editores y libreros, bibliotecarios y maestros). Una tendencia a quejarse hasta del buen tiempo. Esto hace ver como desgracia lo que es una bendición: la economía del libro, a diferencia de la economía del diario, el cine, la televisión, es viable en pequeña escala”.Es posible y económico hacer un libro excelente, aunque no le interese a mucha gente. De hecho, muchos de los bestsellers empezaron así. Los primeros mil ejemplares de El laberinto de la soledadde Octavio Paz tardaron muchos años en venderse. Si hubiera sido un programa de televisión, no se hubiera producido.

Además, hay que evaluar también el impacto —para bien y para mal— en los lectores. Solo como ejemplo: la Biblia (750 a.C.-110)—base de dos de las grandes iglesias monoteístas— ha cambiado la faz del planeta y acabó con el paganismo de un imperio. La riqueza de las naciones (1776), de Adam Smith, fundó la economía moderna y es base del capitalismo y el pensamiento liberal. El manifiesto Comunista (1848), de Karl Marx y Friedrich Engels, dio lugar a la lucha por los derechos de los trabajadores y fue germen de una revolución social.

En muchas otras industrias, el progreso ha ido destruyendo la diversidad, no en el caso del libro. Naturalmente, el correlato de la abundancia es la desatención relativa: ¡pocos libros interesan a muchos! Aunque ni siquiera los bestsellers lo son tanto. Para Zaid, esto no es un problema sino un reflejo de la forma misma que posee la cultura: una conversación descentralizada donde se habla de muy distintas cosas en distintos lugares y momentos. Por el contrario, la idea de que alguien deba ser escuchado por todos es una elemental reducción de la calidad de esa conversación y una invitación al dogmatismo y a la uniforme mediocridad. “La verdadera función de los libros es continuar la conversación por otro medios”, remata Gabriel Zaid.

¡Larga vida a los libros, aunque parezcan demasiados!

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