Publicado el viernes 17 de agosto de 2018 en El Deber

En el mismo instante en que leí los sobrenombres —“Yogui”, “Malatraza” y “Chato”— de los delincuentes que habrían robado la medalla y banda presidenciales, supe que este artículo lo dedicaría a ese tema. Pero, no al hecho delincuencial y sus circunstancias —eso pertenece al realismo mágico—, sino a mi curiosidad sobre los particulares apodos del hampa.

Siempre me he preguntado: ¿quién le pone esos extraños pseudónimos a los malandrines?, ¿por qué usan apodos?, ¿existirían factores psicológicos y emocionales por debajo de estos motes?, ¿no será todo una creación de la arraigada cultura policial de buscar nuevas denominaciones o rebautizar las que el castellano provee?. Como ejemplo, solo en la jerga policial existen estos términos: “lanceros, descuidistas, tipidores, carreros, jaladores, documenteros, cuentistas, pildoritas, boteros, monreros, cogoteros”y un largo etcétera.

En las crónicas rojas se pueden leer apodos raros, graciosos, extravagantes, mordaces, humorísticos, sarcásticos e ingeniosos. Sus orígenes son muy diversos. Algunos nacen de la fisonomía o apariencia; de algún rasgo o defecto físico; de anécdotas, que solo ellos conocen; por distorsiones de sus nombres o apellidos; de parecidos físicos con algún famoso, animal o cosa; por características particulares, en su actividad ilegal; del lugar de procedencia; de su forma de hablar o acento; por herencia; etc.

Una psicóloga amiga me comenta que los apodos en el hampa definen la identidad del delincuente. La intención es sembrar temor porque, casi siempre, los pseudónimos usados reconocen la parte más primitiva del ser humano y resaltan una cualidad perversa.

Un oficial de policía que entrevisté, me asegura que los “alias” buscan ocultar la verdadera identidad de las personas, además de facilitar la recordación dentro de ese submundo; y también, para ganar fama y prestigio. Este policía me confiesa que —como parte de su protocolo—, está obligado a rellenar la casilla del “alias”, sin importar si el detenido usa o no un apodo. Tanto es así, que cuando no se detecta alguno, se antepone el artículo “el” delante del nombre de pila, como es habitual usarlo en el occidente de Bolivia (por ejemplo, alias: “el” Álvaro). Esta relación de poder frente a un sindicado —culpable o no— es uno de los tantos abusos del Estado frente a sus ciudadanos, que pierden el derecho a refutar un sobrenombre impuesto, que los etiqueta de por vida.

Fuera del ámbito policial, otros que tienen esta perniciosa manía de ser grandes creadores de apodos, son los periodistas deportivos. Ninguno de los que he entrevistado, me ha sabido dar una buena razón de porqué lo hacen. Estimo que, usando motes creativos, le dan mayor sonoridad y un sello particular a un personaje público, como es un jugador de fútbol. De esta manera, han rebautizado a muchas celebridades del deporte (“Diablo”, “Platini”, “Mapaizo”, “Pícaro”, “Sandía voladora”, etc.) aunque no siempre el sobrenombre les hace justicia.

Y como hablo de justicia, quiero destacar que “Yogui”, “Malatraza” y “Chato” —aunque en la pila bautismal y en los registros civiles tengan otros nombres—, han devuelto la banda y medalla presidenciales. Sin embargo, hay otro —sin apodo todavía— que no quiere devolver la silla.

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