Publicado en El Deber el viernes 21 de septiembre de 2018

En las últimas semanas, estuve temporalmente reemplazando a una colega, en la gestión y administración de una página institucional en el Facebook. No solo tenía que subir registros fotográficos y descripciones de las actividades de la empresa editorial, sino también responder a las decenas de mensajes que, diariamente, hacen llegar los lectores y clientes en general, con relación a eventos, cursos y datos referenciales, propios de las actividades de una compañía, que edita textos escolares y libros para diversos públicos.

Al principio, no me llamó la atención que muchas preguntas que me hacían tenían las respuestas en los avisos, notas y comunicados que ya estaban publicados. Sin embargo, cuando los cuestionamientos eran reiterativos y tenía que repetirlos, de diversas formas, para que los entiendan, comencé a prestar atención a lo que los expertos llaman “comprensión lectora”.

Técnicamente, la comprensión lectora “es un proceso constructivo y de interacción entre un lector —con sus expectativas y conocimientos previos— y un texto —con su estructura y contenidos—, en el cual a través de la lectura, se construyen nuevos significados”. En el proceso se relacionan la retención de lo leído, la sistematización y organización de la lectura, con la interpretación y valoración del contenido leído.

Resulta que, en más de una ocasión, este proceso no arrojaba los resultados que se querían obtener. Mis textos —que a mí, me parecían simples—, debía repetirlos y/o redactarlos en otros términos y con otra estructura, para que se entiendan. Al retornar la titular a su puesto de trabajo, me confesó —con la mayor naturalidad— que el público no solo lee mal, sino no comprende lo que lee, y pregunta cosas que ya se le han respondido o que están dichas de otro modo. En muchas ocasiones, no entienden fáciles instrucciones ni interpretaciones de signos comunes, lo que, claramente, afecta su adecuada integración a la vida en sociedad.

En una corta visita a Chile, leí un reportaje de un diario santiaguino, que mencionaba la nota de aplazo en compresión lectora que tenían los chilenos. El informe anual Panorama de la Educación OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) observa a quienes participan en la educación, cuánto se gasta en ella, cómo operan los sistemas educativos y los resultados obtenidos. Este informe incluye indicadores sobre un amplio rango de resultados, desde la comparación del rendimiento de los alumnos en áreas de asignaturas clave hasta el impacto de la educación en las oportunidades de empleo de los adultos y sus ingresos.

Con relación al dato que me interesaba, el informe de la OCDE es contundente: en Chile el 5% de los adultos con educación superior tiene un alto nivel de comprensión lectora; mientras que el promedio de los países más desarrollados es de 21%. Si esa es la dura y poco alentadora realidad de uno de los países más desarrollados de la región, comparada con el llamado primer mundo, ¿cuáles serán los índices de comprensión lectora en Bolivia?

Lastimosamente, a nuestro país le faltan indicadores para realizar diagnósticos científicos y construir planes que puedan ir cerrando las brechas y diferencias con relación a otras realidades.

En comprensión lectora, como en tantos otros temas, vamos a la deriva.

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