Publicado en El Deber el 28 de septiembre de 2018

Un par de kilómetros antes de llegar a Porongo, divisé una frondosa y colorida buganvilla —o Santa Rita— que cubría una buena parte de la cerca de una choza de barro con techo de motacú. Me bajé de la bicicleta para tomar fotografías de esta enredadera fucsia que iluminaba con su belleza y esplendor el caluroso amanecer de este 24 de septiembre de 2018 en Santa Cruz.

Disfruto mucho de esas tempranas horas del día donde reina el sonido de la naturaleza: las aves cantan al alba, el quiquiriquí de un gallo anuncia la mañana, los trinos de los pájaros son la única melodía que rompen el maravilloso silencio de las madrugadas en el campo.

Después de hacer varias fotografías, y cuando me disponía a volver a pedalear, escuché —muy bajito— una melodía que salía del fondo de este predio rural. Agudicé el oído y reconocí la tonada de una de mis canciones favoritas de la trova cubana. Me quedé unos minutos escuchándola, y luego seguí mi camino. Sin embargo, no me la pude sacar de la cabeza el resto del viaje. ¿Les ha pasado esto de escuchar —al paso— una canción, y que su mente la repita durante todo el día?

“¿Adónde van las palabras que no se quedaron? / ¿Adónde van las miradas que un día partieron? / ¿Acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón o se acurrucan, entre las hendijas, buscando calor? / ¿Acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar? / ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? / ¿Acaso se van? / ¿Y adónde van? / ¿Adónde van? / ¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos? / ¿Adónde fueron a dar tantas hojas de un árbol? / ¿Por dónde están las angustias que desde tus ojos saltaron por mí? / ¿Adónde fueron mis palabras sucias de sangre de abril? / ¿Adónde van ahora mismo estos cuerpos que no puedo nunca dejar de alumbrar? / ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? / ¿Acaso se van? / ¿Y adónde van? / ¿Adónde van?”. La letra de la canción ¿Adónde van?, de uno de los mejores álbumes de Silvio Rodríguez, Mujeres (1979), me acompañó durante toda mi travesía, en esa mañana de feriado.

El poema —compuesto de una seguidilla de preguntas—, es una evocación de lo que se fue, de lo que ya no está. El texto toma su formato de un tópico literario llamado ubi sunt —en latín significa, ¿dónde están?— mediante el cual se pregunta por el paradero de los que han muerto o de los se fueron o desaparecieron. Es también una metáfora de aquellas cosas cotidianas que pasan desapercibidas: miradas, amaneceres, color de las flores, sentimientos vividos; que pareciera que no están, pero están ahí, y no los vemos.

En muchas ocasiones, la música es un potente catalizador de emociones que provoca nostalgias, recuerdos, tristezas o alegrías. Joan Manuel Serrat —otro de mis cantautores favoritos—, en la letra de Aquellas pequeñas cosas, hace referencia a esto mismo: Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia. Pero su tren vendió boleto de ida y vuelta. Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón. Como un ladrón te acechan detrás de la puerta. Te tienen tan a su merced como hojas muertas que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.

La respuesta al ubi sunt no la sabremos nunca. Así que habrá que seguir pedaleando.

2 comentarios sobre “¿Ubi sunt?

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