Publicado en El Deber el viernes 5 de octubre de 2018

En una entrevista para una revista brasileña, Mario Vargas Llosa dijo que “escoger entre el PT (Partido dos Trabalhadores) y Jair Bolsonaro (Partido Social Liberal) es como escoger entre el sida y el cáncer terminal”. Esas son las opciones que Brasil —el coloso del Sur— tiene como las principales candidaturas para la elección nacional del domingo 7 de octubre.

En una visita relámpago a San Pablo, pude presenciar —con asombro— que los 15 años de populismo del PT (con su líder condenado a prisión por corrupto) han provocado un efecto pendular —ir de un extremo al otro— en las preferencias del electorado. Lo que parecía cosa del pasado, podría trágicamente reaparecer desde las urnas: Bolsonaro, un controversial candidato de ultraderecha —racista, homófobo, con rasgos autoritarios— tiene muchas posibilidades de llegar a la Presidencia de ese país-continente, que de tan grande que es, vive de espaldas al resto de sus vecinos.

Jair Messias Bolsonaro, al que algunos llaman el ‘Trump brasileño’, es un militar de reserva (paracaidista) y diputado nacional en su séptimo mandato. Ha militado en casi una decena de partidos, todos funcionales a su carrera política, que se inició como concejal en Río de Janeiro. Entre los muchos rasgos similares al actual presidente estadounidense está su pedido formal y vehemente para que se alivien las leyes contra la portación de armas. Con la frase: “Bandido bom é bandido morto” sostiene posturas extremas que agudizarían y exacerbarían la violencia.

Los fuegos fatuos de sus propuestas, casi primitivas, son expuestos con una gramática y un lenguaje muy elemental llenos de pólvora y vacíos de cultura. Es, además —como el tuitero del Norte—, uno de los parlamentarios más influyentes y activos en las redes sociales. Su torpeza y comportamiento homofóbico y misógino ha llegado a extremos desquiciados y deplorables, como cuando le dijo a una colega congresista que “era muy fea para ser violada”. Ha manifestado sus posiciones contrarias a los derechos adquiridos de las comunidades del colectivo LGBT (Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales).

Bolsonaro se ha definido a sí mismo como “un candidato limpio en medio de un mar de corruptos”. Ha sabido posicionarse como la supuesta cara opuesta de Lula, aquel líder mítico sindical que sacó de la pobreza extrema a millones de brasileños, pero que terminó implicado y condenado, por uno de los escándalos más grandes de corrupción que se tenga memoria.

Brasil vive un proceso de regeneración institucional, con el caso Lava Jato involucrando a poderosos actores políticos y económicos, y una clase media harta de tanta deshonestidad y descomposición social. El Lava Jato es la mayor operación en la lucha contra la corrupción en la historia de Brasil, y que ha salpicado a varios países de la región. Se estima que esta red criminal de sobornos, lavado de dinero y tráfico de influencias licuó más de 8.000 millones de dólares repartidos entre políticos y empresarios vinculados al poder. Como se dice popularmente, en este país “tudo é grande”.

La elección podría estar presa y sufrir del efecto pendular de la historia. No se vislumbra una opción de centro, democrática y progresista. El futuro del Brasil es muy incierto. En este caso en particular, el remedio puede ser peor que la enfermedad.

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