Publicado en El Deber el viernes 2 de noviembre de 2018

En su libro, La civilización del espectáculo (2012), Mario Vargas Llosa señala que “la política ha experimentado una banalización acaso tan pronunciada como la literatura, el cine y las artes plásticas, lo que significa que en ella la publicidad y sus eslóganes, lugares comunes, frivolidades, modas y tics, ocupan casi enteramente el quehacer antes dedicado a razones, programas, ideas y doctrinas. El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma, que importan más que sus valores, convicciones y principios”.

Esta aguda descripción —largamente desarrollada en el citado ensayo—, encaja fielmente con los dos últimos videos que el vicepresidente se ha hecho producir, y con mucha habilidad, ha conseguido que se “viralicen” por la redes sociales. El pretendido objetivo de proyectar una imagen de buen padre que comparte “la división familiar del trabajo” (según sus propias palabras) y provocar empatía en el espectador, parece que ha tenido un efecto contrario. En el primer video, cocina para su hija —de menos de dos años—, sin advertir el peligro al que la expone cuando ella juega muy cerca del agua hirviendo. En el segundo, luego de preparar el maletín de viaje (pañales, juguetes, galletas, leche y otros enseres), el producido audiovisual muestra que sube a la menor de edad a un helicóptero de puertas abiertas. En uno de los tramos, se ve a la niña apenas sostenida por los brazos de su diligente y laborioso padre, que la expone al ensordecedor ruido de las aspas de la aeronave y a las constantes ráfagas de viento, que las imágenes reflejan con claridad. 

La Constitución Política del Estado, la Convención Internacional de los Derechos de los Niños y el Código Niño, Niña y Adolescente prohíben el uso de menores de edad en piezas de propaganda y manipulación políticas. Sin embargo, nada de eso cuenta, los “poderosos” de turno pueden hacer lo que quieran, incluso vulnerar los derechos y la seguridad de sus propios hijos.

En esta civilización del espectáculo “la frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante hacen las veces de sentimientos e ideas”, señala el premio Nobel.

El cálculo político del partido oficialista, junto a la tentativa de manipulación de una decisión soberana del pueblo en un referéndum vinculante (21F), está llevando al país a una prematura “electoralización” de todos los actos públicos. En los próximos meses, en lugar de profundos debates sobre propuestas doctrinales, ideológicas, programas o ideas, seremos testigos de un bombardeo mediático —concentrado en las redes sociales— plagado de fakenews, posverdad, memes y toda producción digital que vaya a saciar la frivolidad y el hambre de diversión de la cultura imperante. Vargas Llosa concluye esta durísima radiografía de nuestro tiempo y cultura, remarcando: “El mismo penoso quehacer en que nuestra civilización ha convertido todo lo que toca: una comedia de fantoches capaces de valerse de las peores artimañas para ganarse el favor de un público ávido de diversión”.

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