Publicado en El Deber el viernes 9 de noviembre de 2018

Luego del despido —por pésimos resultados— del director técnico Julen Lopetegui, del Real Madrid, llegó como interino el entrenador de las divisiones menores, además exjugador del primer plantel, Santiago Hernán Solari. Cambios en la conducción técnica de un club de fútbol de este nivel es una noticia que se comenta incluso en los ámbitos extrafutbolísticos. Sin embargo, lo curioso de este reemplazo es que en todas las notas de prensa que reseñan la trayectoria del nuevo entrenador, se hace referencia a que Solari es un “ávido lector”. Este pequeño gran detalle, llamó la atención del acucioso periodista Martín Caparrós, que en su cuenta de Twitter escribió: “Todos los perfiles del nuevo técnico del Real Madrid, Santiago Solari, en los medios destacan con sorpresa que lee, que ‘es lector’. ¿Tan raro se ha vuelto que es ‘noticia’?”.

Además del agudo sarcasmo de Caparrós sobre la lectura, creo que también en el periodismo y la sociedad en general hay un gran prejuicio y frases llenas de lugares comunes con relación al deporte (el fútbol, en particular) y su vínculo con los libros. El propio Jorge Luís Borges —un sedentario escritor, antes incluso de quedar ciego—, llegó a decir que “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Desde la llamada ‘intelectualidad’ siempre se ha querido ver al fútbol por encima del hombro y con cierto desprecio. Por lo tanto, que un deportista de élite, y ahora entrenador, sea un voraz lector, les “hace ruido” y les parece una contradicción.

Jorge Valdano (campeón del mundo y ahora comentarista deportivo) en el prólogo de su selección Cuentos de fútbol, dice que su libro es “un lugar de encuentro para el músculo y el pensamiento con la intención de que vayan perdiendo la desconfianza que se tienen. Un juego, el del fútbol, metido dentro de otro juego, el de la literatura. El hombre escapando de la realidad con el afán de buscar sus aspiraciones más auténticas”. Valdano también fue ‘acusado’ de ser un gran lector, como si no fuese posible ser las dos cosas: un pateador de pelotas de oficio, que provoca delirios colectivos; y al mismo tiempo, un devorador de historias que se sumerge en el juego de la ficción.

Para quienes gozamos y nos apasionamos de ambas cosas, existe una cuantiosa y sabrosa literatura alrededor del fútbol. Son innumerables los títulos y autores que se han atrevido a plasmar fragmentos de los partidos de la vida que los hacen cracks de la literatura futbolística mundial, y que han podido comprender que “el fútbol es la recuperación semanal de la infancia”: Javier Marías, Juan Villoro, Manuel Vásquez Montalbán, Eduardo Sacheri, Roberto Fontanarrosa, Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano, entre otros tantos.

No debería existir ningún prejuicio cuando se ‘transpiran’ las ideas. Por lo tanto, ser deportista y lector no debería ser noticia. Lo que sí podría ser titular de primera plana es que líderes políticos —como Trump o Morales—, admitan públicamente que no les gusta leer, y que leen “apenas los títulos, algún capítulo o unos párrafos, sin terminar ninguna obra” (Morales, abril de 2013). Sorpresa debería provocarnos que analfabetos funcionales (no pueden utilizar su capacidad lectora) sean responsables de millones de personas y que sus decisiones —sin lecturas previas— puedan definir la vida y el futuro de sus gobernados.

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