Publicado en El Deber el 15 de marzo de 2019

La fotografía de mi hijo, retratado durante un juego de fútbol en el estadio, que ha estado casi veinte años colgada en las paredes de mi casa, me pareció la portada perfecta para un libro de cuentos que tengo en preparación. Sin embargo, para darle crédito al autor, la única referencia que tenía era el vago recuerdo de la fisonomía de este fotógrafo, que se dedica a retratar a los niños que corren detrás de una pelota en los quince minutos del entretiempo.

El fútbol me apasiona y soy de los hinchas que asiste al estadio en las buenas y en las malas épocas. Todos estos días, busqué sin suerte, a quien recordaba había hecho la foto: un veterano reportero gráfico, alto, de pelo blanco, barba rala y cana, de andar cansino, que siempre estaba en la cancha con un chaleco amarillo y la cámara colgada al cuello. Con esta descripción, uno de sus colegas, a quienes me acerqué a preguntar, me comentó que no lo había visto últimamente, pero sí sabía que le decían Wilin, y que nunca le había preguntado su apellido.

Sin ninguna expectativa, y sin saber tampoco cómo se escribía esto que, suponía era un apodo, googleé: “Wilin fotógrafo academia fútbol”. El único resultado que coincidió con mi búsqueda fue un link de un titular de El Día del 20 de marzo de 2010: “Wilin es un papá ejemplar”, y las primeras líneas de la noticia: “Wilin Suárez Salvatierra es fotógrafo oficial de la escuela de fútbol…”.Con un clic ya tenía el nombre completo, sin embargo, no pude acceder a la fotografía de la noticia para reconfirmar que era la persona que estaba buscando. Visité la hemeroteca de la Biblioteca Municipal, encontré el ejemplar de la fecha que homenajeaba a una veintena de hombres por el Día del Padre, y entre medio, estaba el fotógrafo de los pequeños futbolistas. Además, en el pie de foto, había información adicional sobre la familia de este ejemplar padre de tres hijas que, ante la ausencia obligada de su esposa en España, se hizo cargo de la crianza y educación de las jóvenes.

Al salir de la biblioteca, visité a su director y comentamos un artículo que había posteado una común amiga sobre la decisión de una española, experta en ciberseguridad, que sugería borrar las aplicaciones de redes sociales para evitar que se recopilen nuestros datos personales. Nuestra huella digital está formada por los rastros que dejamos al utilizar Internet: visitas a un sitio web, mensajes instantáneos, uso de aplicaciones, correo electrónico, servicios de localización, compras en líneas y otras tantas interacciones que, consciente o inconscientemente, revelan nuestros gustos y hábitos. Esa información almacenada en bases de datos, que viola nuestra privacidad, tiene un valor comercial que puede ser monetizado. Nuestro historial y retrato en línea -más público de lo que suponemos-, favorece a las empresas para orientar contenidos hacia consumidores específicos, proporciona antecedentes a empleadores y ayuda a los anunciantes a seguir nuestros movimientos.

A pesar de que mi amigo Wilin, no tenga un teléfono inteligente, no sea parte de las redes sociales y tampoco use Internet para nada, una nota socialera (y ahora, una columna de opinión), lo hacen visible en el mundo virtual. En la actualidad, es casi imposible que nuestra huella digital sea nula. El desafío está en saber qué tipo de rastro dejamos y cuáles pueden ser los posibles efectos.

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